«Brando, vamos a tener un bebé. Se parece tanto a ti, me encanta. Brando, ¿a ti te gusta?».
El pasado la inundaba como un torrente.
Melibea se atragantó y empezó a toser violentamente hasta que las lágrimas brotaron de sus ojos.
Brando había sido el hombre que iluminó su vida desde la adolescencia.
¿En qué momento se había corrompido tanto?
Todos decían que era un hombre íntegro, que no se interesaba por las mujeres, que ni siquiera tenía una secretaria.
Pero, ¿cómo era posible que se hubiera liado con la cuñada?
Le daba un asco profundo. ¿Qué significaron sus cinco años de matrimonio?
En ese momento, todas las luces se encendieron de golpe. La luz cegadora la hizo sentir aún más miserable y expuesta en su dolor.
Su suegra, Renata Cordero, enarcó una ceja y la miró de reojo con desdén.
—Si nadie se va a comer ese pastel, tíralo. No tienes por qué comértelo a mitad de la noche para no desperdiciarlo.
Melibea permaneció en silencio. Renata continuó con más desprecio:
—La que nace pobre, muere pobre. Llevas cinco años en la familia Ortega y todavía tienes ese aire de miserable.
Melibea ya estaba acostumbrada a sus burlas. Desde que llegó a la familia Ortega, había tratado a Renata con sinceridad, sirviéndola con esmero todos los días, pero ella nunca la aceptó, simplemente por su origen humilde.
Eso de que la sinceridad se paga con sinceridad no era más que una broma de mal gusto.
En ese momento, el mayordomo susurró:
—Señora, el coche está listo. ¿Le pasó algo al joven Brando y a la señora Claudia? ¿Por qué terminaron en la comisaría a estas horas de la noche?
Renata se alteró visiblemente. Miró al mayordomo con los ojos muy abiertos y le recriminó:


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