A las dos de la madrugada, en la residencia Ortega.
—Maldita sea, no hay forma de averiguar quién hizo la denuncia. No fue alguien que pasaba por ahí, vinieron por nosotros, y además tienen la ayuda de un hacker de primer nivel.-
La mirada de Claudia era fría y profunda. ¡Jamás en su vida había pasado tanta vergüenza!
Renata la consolaba a su lado: —Claudia, no te preocupes. Sea quien sea, la familia Ortega no lo dejará en paz. Ya hemos arreglado todo en la comisaría. Este asunto no se filtrará, pero de ahora en adelante, tendremos que ser más cuidadosos.
Brando permanecía en silencio, con el rostro sombrío. Probablemente había tenido que aguantar un mal rato en la comisaría al no atreverse a revelar su identidad.
—Ya regresaron. ¿Hubo algún problema en la empresa? ¿Por qué tuvieron que ir a la comisaría a estas horas?
La voz de Melibea era suave y su rostro lucía una sonrisa radiante, como siempre que veía a Brando llegar a casa.
Sin embargo, Brando, que siempre la miraba por encima del hombro, ahora parecía incapaz de sostenerle la mirada.
—Son asuntos de la empresa, no los entenderías —dijo con tono hosco.
¡Vaya, igual que su madre hipócrita!
—Tienes razón, Brando, no entiendo de negocios —respondió Melibea con un matiz oscuro en la mirada—. Pero ir a la comisaría en plena madrugada debe significar que pasó algo muy grave. ¿Acaso es algo que no me pueden contar?
Las palabras de Melibea fueron como un latigazo en la cara de Brando.
En ese momento, Claudia se interpuso entre ellos, mirando a Melibea con arrogancia desde sus ojos almendrados.
—Estamos intentando cerrar una colaboración con la familia Castillo, una de las cuatro grandes familias de Encantia. Gracias a mis esfuerzos, ya habían aceptado. Pero un soplón de dentro lo arruinó todo, y estamos cooperando con la policía en la investigación. Es información altamente confidencial de la empresa. ¿Lo entenderías si te lo explicara? ¿O acaso eres capaz de descubrir quién es el traidor?

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