—¿Entonces estás diciendo que ando por ahí aceptando regalos sin más?
Blanca se tocó la frente. Esta señora era realmente difícil. En ese momento, Petrona tomó el brazalete de amatista imperial de la mesa y le dijo a Melibea: —Yo no acepto regalos así como así. Un intercambio. Toma esto.
Melibea se quedó helada. ¿Le estaba dando el brazalete de amatista imperial a ella? Blanca estaba todavía más emocionada.
—Mamá, ¿hoy saliste con una réplica o qué? ¡Pero si es tu preciado brazalete de amatista imperial!
—¿Una réplica? ¿Escuchas las tonterías que dices?
—Perdón, perdón.
—Si no le diera algo auténtico, seguirías diciendo que me aprovecho de la gente.
—Pero esto es pasarse de generoso.
Melibea se apresuró a decir: —Este brazalete es demasiado valioso. De verdad que no puedo aceptarlo.
—Te doy esto para que tengas muy presente que debes derrotar al concursante de Iridio. Es un incentivo, ¿entiendes?
Para la generación de Petrona, el odio hacia Iridio estaba grabado en la sangre, una herencia transmitida a través del tiempo.
—Ganaré, de eso no tenga duda. Pero en serio, no puedo aceptar esto. Es una reliquia familiar, es demasiado valioso.
Un brazalete de amatista imperial era una joya digna de ser una reliquia familiar. ¿Cómo se atrevería Melibea a aceptarlo?
—Ya que sabes que es una reliquia, cuídala bien. ¿O acaso prefieres que se la dé a esta cabeza hueca, para que un día la lleve a un antro y la haga pedazos?
Blanca se sintió aludida al instante. La indirecta era para ella.
Le dijo a Melibea: —Mejor guárdalo ya. A saber con qué otra cosa me va a salir la señora.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor!