En ese momento, la pantalla grande mostró el examen entregado por Melibea. Tenía manchas de sangre y sudor, pero su caligrafía era increíblemente firme, al igual que la mirada en sus ojos mientras lo resolvía.
Aunque el trazo temblaba un poco, se notaba la perseverancia ante la adversidad.
Iwasaki frunció el ceño. Había pensado que ella usaría la excusa de la mano herida para hacer garabatos y confundir a todos.
Pero, para su sorpresa, la escritura seguía siendo pulcra.
Iwasaki, sin prestar atención a nada más, buscó desesperadamente un error en el examen de Melibea, pero se llevó una decepción. Era una hoja de respuestas perfecta. De hecho, al ver el proceso de resolución de Melibea, se dio cuenta de que él mismo se había equivocado en una pregunta.
Jenaro dijo con severidad: —¿Y bien, Iwasaki, ahora no tienes nada que decir? ¿Te convences o no?
—Yo...
Iwasaki se quedó sin palabras. Todavía le parecía increíble.
¿Cómo pudo Melibea, estando tan herida, perseverar en la competencia y, además, ganar el campeonato?
Melibea se acercó a él y le dijo: —Una anciana me encomendó la tarea de ganarte. Así que arrodíllate aquí y arrepiéntete de tus errores.
En ese momento, Petrona, que veía la transmisión en vivo, sintió una profunda conmoción. Melibea había hecho que una persona de Iridio se arrodillara en su tierra, lo que para ellos era un consuelo inmenso.
Blanca dijo, angustiada: —Meli está gravemente herida, ha soportado los ataques de tanta gente y otros la están protegiendo. ¿Dónde diablos se metió Salomón?
Blanca estaba que no podía más. En un momento tan crucial, ¿dónde estaba su hijo Salomón?
Blanca llamó a Salomón.
—Salomón, Meli se lastimó y aun así compitió. ¡Acaba de ganar el primer lugar! ¿Dónde estás que ni siquiera has aparecido? ¿No sabes que...
Antes de que Blanca pudiera terminar, del otro lado del teléfono solo se escuchó una respuesta grave.

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