Renata sintió que el mundo se le venía encima. «¡Ay, este niño! ¿A qué viene decir eso ahora?».
—Renán, mi pequeño tesoro, ¿qué tonterías estás diciendo? Esta mujer no merece ser tu madre, y mucho menos entrar por la puerta de la familia Ortega.
En ese momento, Brando miró a Melibea y dijo:
—Renán se arriesgó a venir solo hasta aquí para pedirte que fueras a su reunión. Después de todo lo que ha hecho, ¿todavía te niegas?
—Brando, ¿acaso eres sordo selectivo? ¿No oíste lo que dijo tu madre? ¡Dijo que no merezco ser la madre de Renán! Habló en el kínder para prohibirme que me acercara a él. ¿Y ahora esperas que vaya a su reunión? ¿Crees que el guardia de la escuela me dejará entrar?
Renata, al oír esto, entró en pánico.
—Melibea, no intentes echarme la culpa a mí. Crees que por haberte conseguido a alguien importante ya puedes deshacerte de Renán. ¡Renán, tienes que darte cuenta de la verdadera cara de esta mujer! Ahora que está con Salomón, solo quiere ser la madrastra de los hijos de los Escalante. ¡Tú, su propio hijo, no significas nada para ella!
—Renata, ¿crees que puedes difamarme así en mi cara y que me quedaré sin hacer nada?
—¿Difamarte? Solo digo la verdad.
—¿La verdad? Bueno, ya que estamos hablando de la verdad…
La mirada de Melibea se volvió tan fría que Renata sintió un escalofrío en la espalda.
Justo cuando Melibea terminó de hablar, una patrulla se detuvo y dos policías se bajaron.
Renata, al verlos, sintió que iba a estallar de ira.
«¡Esta mujer realmente llamó a la policía para que me arrestaran!».
—Agente —dijo Melibea—, fue esta anciana quien me abofeteó sin motivo. Vi una cámara de seguridad detrás de ese árbol, pueden revisar la grabación.
Renata siguió la dirección que señalaba Melibea y, efectivamente, vio una cámara.
—Hubo un malentendido —intervino Brando—. Es un asunto familiar, lo resolveremos nosotros mismos. No es necesario que se molesten.


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