Esta vez, la súplica de Renán era sincera. Melibea, de repente, sintió una profunda tristeza.
Suspiró en silencio y fue a un armario del que sacó una caja de medicinas.
Al verla, Renán se abalanzó y se la arrebató.
—Mami, ¿esta medicina curará a mi abuela, verdad? —preguntó emocionado.
Sin esperar respuesta, Renán miró la caja y añadió con exaltación:
—Mami, sabías que podías curarla y aun así dijiste que no. ¿Tenías que esperar a que te rogara? ¡De verdad eres como dice la abuela, tan complicada!
Andrés sintió que sus puños se cerraban con fuerza. Si no fuera porque estaban frente a Meli y porque ese mocoso era su hijo, ya lo habría golpeado.
—No puedo curar la parálisis de tu abuela. Esta medicina solo hará que no sufra tanto y mejorará su estado, pero no es una cura definitiva.
Renán se quedó paralizado, incrédulo.
—¿Qué dijiste, mami? ¿Que esta medicina no puede curar a mi abuela? Si no la cura, ¿para qué me la das?
Dicho esto, arrojó la medicina al suelo con rabia, como si Melibea lo hubiera engañado.
Esta vez, Andrés perdió la paciencia por completo y le dio un empujón a Renán.

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