Brando tenía el rostro sombrío. Para él, esta boda no era más que una transacción. No se casaba por amor y, con tantos contratiempos, se sentía cada vez más hastiado.
—Lo importante ahora es celebrar la ceremonia —le dijo Renata a Claudia—. Usaremos las mesas que sean necesarias.
Renata ya estaba pensando en cómo negociar con el hotel para minimizar las pérdidas.
En ese preciso instante, una multitud de transeúntes y periodistas irrumpió en el salón.
—¡Qué generosa la familia Ortega! Convertir un banquete de esta categoría en una fiesta de puertas abiertas. ¡Hoy nos vamos a dar un festín!
—Señora Ortega, ¡qué espléndida es usted! Se nota que el dinero le sobra.
—Cuando el personal nos dijo que podíamos entrar, que los anfitriones nos invitaban a comer, no me lo creía. ¡Y es verdad que hay muchos sitios libres! No, es que han preparado muchísimos sitios. ¡Cuánta opulencia!
Renata se quedó de piedra. ¿Qué desgraciado había invitado a toda esa gente a comer? Cada cubierto costaba dieciocho mil ochocientos ochenta y ocho. Si dejaba que comieran gratis, la ruina sería total.
Estaba a punto de aclarar que todo era un malentendido, cuando llegó el autobús que había ido a buscar a los parientes.
Un grupo de ancianas, acompañadas por una horda de niños, entró en tropel y se abalanzó sobre las mesas, buscando asiento a toda prisa por miedo a quedarse sin sitio. El caos se apoderó del lugar.
Renata no entendía nada. ¿De dónde había salido esa gente? No los conocía de nada, no eran sus parientes del pueblo.
—¿Y ustedes quiénes son? Estamos celebrando una boda, ¿qué hacen aquí? Se han equivocado de lugar.
—Esta es la boda de la familia Ortega, ¿verdad? No nos hemos equivocado. ¿No fue usted la que donó dinero a nuestro club de la tercera edad para celebrar las segundas nupcias de su hijo y nos invitó a comer gratis?
El salón era un caos. Renata sentía que le iba a estallar una vena y Claudia estaba verde de rabia. La boda de sus sueños se había convertido en un mercado.
Los niños corrían por el salón, que había sido decorado con tanto esmero, y ya estaban arrancando las flores de los arreglos.
La repentina llegada de periodistas, ancianas y niños traviesos hizo que los pocos invitados de la alta sociedad que quedaban fruncieran el ceño con disgusto.
La que se anunciaba como la boda del siglo se había transformado en un caótico festín popular. Era, sin duda, la boda más desastrosa a la que habían asistido en su vida.
En ese momento, no solo Brando, sino también Claudia, sentían ganas de volcar las mesas y cancelar la boda para no dejar que aquella gente se aprovechara de ella.
—¡Esto es un desastre! —le recriminó Claudia a Renata—. La entrada de los periodistas ya rebajó el nivel, ¡y ahora tenemos aquí a estas viejas apestosas! Te dije que no invitaras a los parientes del pueblo, pero no me hiciste caso. ¡Pues muy bien! ¡Que se case quien quiera en esta pocilga de boda!

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