—¡Se está pasando de la raya! ¡Ya es hora de que reciba una lección!
Melibea miró a Eduardo y le dijo:
—Eduardo, por favor, encárgate de difundir el video. Que todo el mundo sepa que Salomón es inocente. Publica también que Salomón había puesto un colchón de aire abajo y el informe del hospital del niño.
«Publicar el informe médico…», pensó Eduardo. El informe decía que Renán no tenía lesiones externas evidentes.
Ese día, el niño fingió tener los brazos y las piernas rotas, todo vendado. Solo para acusar falsamente a su jefe. Ahora, su propio plan se les iba a volver en contra.
Eduardo, con una expresión de asombro, dijo emocionado:
—¡Qué bien! Por fin el señor Escalante podrá limpiar su nombre. Me pongo a ello ahora mismo.
Eduardo se fue contento. Salomón se dirigió a Melibea:
—¿Estás segura? ¿No temes que Renán te culpe?
—Ya no puedo interceder por Claudia, y mucho menos conseguir que la liberen —dijo Melibea con calma—. Así que, de todas formas… me acabará culpando.
Melibea sabía que el objetivo de Renán era salvar a Claudia Calderón, pero ella no tenía el poder para hacerlo.
Y aunque lo tuviera, no la salvaría.
Claudia había cometido sus propios errores, ¿por qué iba a salvarla ella? No iba a dejarse manipular. Después de todo, para la familia Ortega, ella no era tan importante.
Salomón miró a Melibea con ternura en sus ojos.
—Después de hoy, seguro que habrá una ola de críticas en internet. Si necesitas que intervenga, lo haré sin dudarlo.
—No te preocupes. Si se atrevieron a acusarte falsamente, deberían estar preparados para las consecuencias.
La mirada de Melibea era firme. Uno debe proteger a quienes quieren protegerlo.
***

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor!