—¡Qué gente tan detestable! ¡No distinguen el bien del mal, no tienen principios! Y encima se atreven a engañarnos. ¡Son lo peor! ¿A quién vamos a ayudar? ¿A quién vamos a salvar? ¡Quítale esas agujas y que se muera de una vez!
Blanca estaba a punto de estallar de la rabia e insistía en quitarle las agujas a Ismael.
Justo en ese momento, Lando y Ximena llegaron y, al ver el caos, preguntaron alarmados:
—¿Qué ocurre? ¿Le ha pasado algo a mi hijo?
Blanca, furiosa, señaló a Ximena.
—¡Y todavía te atreves a preguntar! Nos tendieron una trampa para que nos quedáramos aquí salvando a su hijo, mientras ustedes, a escondidas, iban a sacar a Claudia de la cárcel. ¿Tienen algún problema en la cabeza? ¡Claudia dejó a su propio hermano en coma y ustedes, como padres, la salvan! ¡Con razón se atrevió a hacerle daño a su hermano, todo es culpa de que siempre la consintieron!
—Tuvimos nuestras razones para hacerlo —dijo Lando—. Lo sentimos mucho. Sé que ella también le hizo mucho daño a la señorita Cepeda en el pasado. Como padres, nos disculpamos en su nombre. No les pedimos que perdonen a Claudia, ¡solo les suplicamos que no se rindan con nuestro hijo, sálvenlo!
Lando y Ximena no querían salvar a Claudia en un principio, pero Renata los había estado convenciendo.
Les dijo que apostaran por ese uno por ciento de posibilidad de que su hija no le hubiera hecho daño a su hijo. De lo contrario, si Ismael despertaba y Claudia ya había sido condenada a muerte, no habría vuelta atrás.
Por eso, tenían que sacar a Claudia primero, debían darle a la familia Calderón un poco de esperanza.
—Nos engañaron, ¿y ahora quieren que salvemos a su hijo? ¿En qué están pensando? ¿Creen que somos tontas? —exclamó Blanca, indignada—. ¡Son unos malagradecidos! ¿Sabes que Melibea lleva dos días y dos noches sin pegar ojo, sin moverse de aquí para salvar a tu hijo, y ustedes la apuñalan por la espalda?
—¡Lo siento, lo siento, teníamos nuestras razones!

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