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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1103

—Me parece perfecto.

La profesora Lea soltó un suspiro de alivio.

Cecilia volteó a ver a Jorge.

—Jorge, te voy a pedir que consigas un megáfono para esta tarde.

—Supongo que te lo pueden prestar en el consejo estudiantil, ¿no?

—Y si no te lo prestan, ve a comprar uno más tarde.

—Tampoco te va a costar tanto; tómalo como una forma de limpiar un poco tu imagen y que el karma no te pegue tan duro.

—Después de todo, te hace falta cuidar más lo que sale de tu boca.

Jorge apretó los puños con tanta furia que los nudillos se le pusieron blancos.

Esa chica sabía perfectamente cómo ganarse enemigos.

—¡De acuerdo! —masculló Jorge, casi entre dientes.

En esta batalla, Cecilia había salido triunfante.

Cuando salió de la oficina, lo hizo con la frente en alto.

Jorge, en cambio, salió cabizbajo, con Sabrina tratando de consolarlo en todo momento.

Lea observó a las personas que salían una tras otra.

Sospechaba que Sabrina tenía algo que ver con los rumores, pero si Jorge estaba dispuesto a cargar con toda la culpa, ¿qué sentido tenía destapar la verdad?

Solo esperaba que esos alumnos no le volvieran a dar dolores de cabeza en el futuro.

Cecilia no sabía lo que pensaba la profesora Lea, y tampoco le interesaba indagar demasiado.

Al fin y al cabo, aunque Sabrina era muy astuta, alguien como Jorge era todavía más detestable.

Era demasiado arrogante.

No le bastaba con poner a Sabrina en un pedestal, sino que también quería obligar a los demás a alabar a su diosa.

Al toparse con alguien como Cecilia, que no le seguía el juego, le había tocado un nervio muy sensible.

Era como si perteneciera a una secta.

Si alguien más no creía en su divinidad, lo consideraba un hereje que debía ser erradicado.

Pero Cecilia no iba a tolerar esas tonterías, y por eso Jorge se había llevado su merecido.

No solo le habían tirado un plato de comida encima por nada, sino que ahora también tenía que disculparse públicamente.

Jorge debía de estar que se lo llevaba el diablo, pero no podía hacer nada contra ella.

Y es que Cecilia tampoco era alguien a quien se pudiera pisotear fácilmente.

—¡Ya vete, que en Medicina no eres bienvenido!

El profesor Ortega terminó siendo prácticamente empujado hacia la salida por el directivo.

Era la primera vez que lo trataban de esa forma.

Cecilia soltó una risita disimulada:

—El profesor Ortega tiene un buen punto, tal vez lo piense.

El directivo se puso nervioso al escucharla:

—¡Cecilia, no hay nada que pensar! Si te gusta estudiar medicina, nuestra facultad es el mejor lugar para ti.

—Si no fuera así, no nos habrías elegido desde el principio, ¿verdad?

Cecilia estuvo a punto de decir que sí le gustaba la medicina, pero que eso no la ataba a estar obligatoriamente en esa facultad.

—Tiene mucha razón —respondió finalmente.

A Cecilia le dio pereza seguir discutiendo el tema.

El directivo, por su parte, no estaba seguro de si Cecilia planeaba irse a otra carrera, así que solo se dedicó a maldecir a Jorge mentalmente.

¡Todo era culpa de ese tonto! Teniendo tantas cosas por hacer, ¿tenía que ponerse a inventar chismes?

¡Por su culpa ahora la pobre muchacha ya ni quería quedarse en Medicina!

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