—Ya lo sé.
Gabi lo tenía claro, pero prefería hacerse de la vista gorda.
Nadie podía convencerla de lo contrario.
Era muy terca.
A palabras necias, oídos sordos.
Cecilia también dejó de insistir.
Solo le dijo que si decidía operarse, lo programara lo antes posible.
Si no quería hacerlo, tampoco había problema.
Había mujeres que incluso pensaban que no menstruar era una ventaja.
—Doctora Ortiz, se lo agradezco —dijo Gabi, con sincera gratitud.
—Ya vete a casa, Gabi —le dijo Cecilia, haciendo un ademán con la mano.
Estaba cansada, de verdad muy cansada.
¿Quién iba a pensar que un hombre, sin ninguna capacidad, usaría la fama de mujeriego para disimularlo?
Según lo que había dicho Gabi, Marcelo era pura facha.
Si había logrado revolcarse con la enfermera, fue gracias a los medicamentos que Gabi le dio.
¡Chin! Olvidó preguntarle a Gabi si se los dio directamente.
Si fue así, ¿acaso Marcelo ya conocía su propia condición física desde antes?
Al huir de la boda, ¿lo habría hecho por el bien de Gabi?
Cecilia soltó una carcajada irónica, sorprendida por su propio pensamiento.
¡No, para nada, no podía ser!
¿Cómo se le ocurría imaginar una escena romántica y trágica entre esos dos?
Recordando cómo Marcelo la había mirado con interés aquel día, era evidente que solo era un patán.
No merecía a Gabi en absoluto.
Gabi estaba completamente cegada por la gratitud.
Creía que el Marce de su infancia y el Marce adulto eran la misma persona.
Pero la realidad era que la gente cambiaba al crecer.
Gabi estornudó un par de veces seguidas, aunque por suerte no se había resfriado.
Ni siquiera revisó la receta, solo fue a una farmacia para que se la surtieran.
El encargado vio que era una receta para un reconstituyente, así que no notó nada raro y le preparó los medicamentos.


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