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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1132

—¡Mi pobre Gabita!

Helga soltó el llanto de inmediato.

Ese asunto había estado guardado en el fondo de su corazón. En realidad, esperaba que aquel médico se hubiera equivocado en el diagnóstico, pero nunca volvió a llevar a su hija a revisión.

En el fondo, creyó en las palabras del doctor.

Aun así, mantenía la esperanza.

¿Y si un día de pronto le bajaba la regla?

—Mamá, no llores. Yo creo que esto está bien —dijo Gabi, dándole unas palmadas en la espalda para consolarla.

—¿Cómo que está bien?

—Eres una mujer, al fin y al cabo, ¿qué vas a hacer en el futuro?

Helga estaba consumida por la ansiedad pensando en su hija.

Esa era la razón por la que, a pesar de que la familia Tovar menospreciaba a Marcelo, Helga no se había opuesto a que se unieran ambas familias.

Sin embargo, que Marcelo huyera de la boda hizo enfurecer a Helga.

Sentía que, aunque su hija tuviera un defecto, un infeliz como Marcelo no era digno de ella.

—¿Pues qué más da? Así al menos me ahorro sangrar unos días cada mes, a diferencia de las demás.

—Además, ya hablé con la doctora. Si algún día quiero casarme, puedo operarme.

—Solo que, para casarme con Marcelo, la verdad no valía la pena hacer el esfuerzo.

—Mamá, no te angusties por mí, yo sé perfectamente cómo está mi cuerpo.

—Mientras ustedes en la familia no me rechacen... —dijo Gabi, observando de reojo la expresión de su madre.

—¿Cómo crees que la familia te va a rechazar?

—Aunque nunca te cases, ¿crees que tu papá y yo no podemos mantenerte?

—¡Y si tu hermano se atreve a decir algo, le acomodas un buen golpe! —La dinámica en la familia Tovar era algo al revés.

La hija boxeaba y el hijo estudiaba artes.

El hermano de Gabi, estudiante de artes, era bastante frágil.

Si su hermana de verdad le daba un golpe, no lo mataría, pero lo dejaría medio lisiado.

—Gracias, mamá. Por ahora no pienso operarme.

—Quiero esperar a retirarme del deporte.

No mencionó ni una sola palabra sobre lo ocurrido en el hospital ese día.

Cecilia era una doctora que respetaba al máximo el secreto médico.

—Oye, Ceci, esta botana no está tan rica como la que traes de tu casa. ¿Cuándo nos traes más?

Mireya se quejaba mientras no paraba de comer.

Y eso que no dejaba de comer ni por un segundo.

—He estado ocupada y no he tenido tiempo de ir, pero otro día le digo a Enzo que me traiga algo.

Cecilia aceptó de inmediato.

¡Ella también extrañaba la comida de la casa de su abuelo!

Pero en cuanto aceptó, Macarena también empezó a hacer sus peticiones.

—Yo también quiero, se me antojan unas costillas en salsa agridulce...

Justo después de decirlo, recordó algo y volteó a ver a Cecilia y a las otras dos chicas:

—Oigan, ya casi es mi cumpleaños. ¿Me harían el honor de ir a mi casa a pasar el día?

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