Charlotte sabía que Cecilia solía entrar a esas clases como oyente de vez en cuando, pero no esperaba topársela ese día.
—¡Cecilia! —saludó Charlotte en un perfecto español.
—Hola, Charlotte.
—Dime Lottie —le dijo Charlotte, sonriendo amablemente.
—No nos conocemos tanto, prefiero decirte Charlotte —respondió Cecilia, mirándola sin expresión.
No tenía ninguna intención de darle confianza a esa estudiante de intercambio de Estrellonia.
Charlotte sintió que con Cecilia topaba con pared, era imposible acercarse a ella.
¿Cómo se atrevía a hablarle así?
No tenía ni un gramo de cortesía.
—Cecilia —Martina se acercó de pronto.
La sonrisa incómoda de Charlotte se congeló en su rostro.
Pero Cecilia no le prestó más atención y volteó de inmediato a platicar con Martina.
—Oye, Martina, ¿hiciste la tarea que dejó el profe la clase pasada?
—¡Milagro! ¿Apoco tú no la hiciste? —preguntó Martina, mirándola extrañada.
—No, solo te aviso que a lo mejor hace una revisión sorpresa en la siguiente clase.
—Pero oye, ¿cómo es que te dio por venir a una clase de medicina alternativa conmigo hoy?
Martina era muy diferente a Cecilia; ella estaba completamente dedicada a la medicina convencional.
—Vine nada más para buscarte —le confesó Martina en voz baja.
—¿Buscarme para qué? —preguntó Cecilia, sin entender por qué tanta urgencia.
Se veían seguido en las clases y también después de clases en los cuartos.
—Mi abuelo vino a Viento Claro y quiere que vayamos a comer con él.
—¿El tío Gordon vino? —preguntó Cecilia, sorprendida.
El hermano de Paloma Ruiz también tenía unas habilidades médicas impresionantes.
Además, trabajaba en el hospital militar de su localidad. ¡Si Paloma era una leyenda en cirugía, Gordon Ruiz no se quedaba atrás!
Una lástima que solo fuera una estudiante de intercambio de Estrellonia. Si fuera una alumna local, con esa dedicación seguro llegaría muy lejos.
Por su parte, cada vez que el maestro la elogiaba, Charlotte volteaba a ver a Cecilia.
Parecía que quería competir con ella.
A Cecilia no le importó ni lo más mínimo.
Ella solo iba a clase para repasar y reforzar lo que ya sabía.
Había muchas cosas que se olvidaban si no se usaban seguido, y siendo doctora, Cecilia no se permitía cometer el más mínimo error.
Por mucho que se supiera los puntos de acupuntura al derecho y al revés, seguía estudiando sin descanso.
Martina admiraba muchísimo la dedicación de Cecilia.
Incluso a mitad de la clase, sacó unas agujas de plata y se puso a clavárselas en sus propios puntos de presión, dejando a Martina con la boca abierta.
—Cecilia, ¿qué estás haciendo?
—No es nada, es que ya casi me baja el periodo. Me estoy poniendo las agujas para equilibrar mi energía y que no me duela tanto la espalda —explicó Cecilia, frunciendo un poco el ceño.
Mientras a las demás mujeres les daban cólicos en el vientre o les dolían los pechos, con Cecilia era diferente: a ella le dolía la espalda.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana