—Era como si me partieran en dos.
—¿También se pueden aliviar los cólicos menstruales? —A Martina le brillaron los ojos—. Cada vez que me baja, me duele muchísimo el estómago. ¿Podrías ponerme unas agujas para probar?
—A mí también me va a bajar en un par de días.
Al ver que Martina juntaba las manos en un gesto de súplica, Cecilia se detuvo y la observó con atención.
—Tu cuerpo no debería tener ningún problema grave.
Le tomó la mano a Martina para revisarle el pulso.
—Cada vez que te llega el periodo, no puedes controlar tus antojos, ¿verdad?
Martina soltó una risita avergonzada.
—Aunque vengo de una familia de médicos, la verdad es que no sé por qué no puedo controlarme.
—Y cada vez que me baja, me dan unos antojos horribles.
—Se me antoja comer chocolate, helado y tomar café latte.
Cecilia frunció el ceño.
—Es mejor que evites el helado, y el café latte lo puedes tomar caliente.
En cuanto a los dulces, podía comerlos, pero con moderación.
Todo en exceso era malo.
Eso de que las calorías consumidas durante el periodo menstrual no engordaban, era una mentira.
—Debiste haber pasado mucho frío cuando eras niña. Eso es fácil de tratar, solo tienes que cuidar lo que comes.
—Tu abuelo me dijo que te obliga a hacer ejercicio todas las mañanas, ¿no has estado practicando? Se dice que la familia Ruiz tiene esa tradición.
Siendo una Ruiz, Martina al menos debería hacer un poco de ejercicio, ¿no?
—Yo... —Martina se sonrojó—. En invierno no puedo levantarme.
De vez en cuando, si se acordaba, hacía algo de ejercicio, pero en casa lo hacía solo porque su abuelo la obligaba.
¡El resto del tiempo, no movía ni un dedo!
—Deberías practicar en serio, no seas floja, es bueno para tu salud.
—Al rato te receto un par de medicinas...
Cecilia no había terminado de hablar cuando Martina la interrumpió.
—¿No puedes evitar darme medicina?

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