—Los jóvenes de hoy en día no tienen prisa por enamorarse, y mucho menos por casarse.
—Los buenos hombres y las buenas muchachas ya están apartados.
—Menos mal que tu abuelo te comprometió desde niña, ¡eso es una bendición!
—¿Cómo no se me ocurrió a mí arreglarle un matrimonio a mi nieto cuando era un bebé? —comentó una de las abuelas del pueblo.
*Ya es tarde, señoras, no hay nada que hacer.*
Cecilia miró a Agustín.
No esperaba que él les cayera tan bien a los ancianos.
Y parecía que a estos abuelos no les intimidaba en absoluto la expresión fría de Agustín.
—Joven Agustín —dijo otra señora—, ¿de casualidad no tienes algún hermano igual de guapo que tú? Mi nieta también está estudiando en la universidad y no me da confianza que busque novio por su cuenta.
—¡Quién sabe si algún aprovechado solo está detrás de la herencia de los Ortiz!
—Contigo es diferente, sabemos quién eres y de buena familia. Preséntale a alguien a mi nieta.
Las abuelas no tenían pelos en la lengua al pedirle favores a Agustín.
—No tengo —respondió Agustín con un rechazo directo y tajante.
—¿Cómo que no? —insistió la anciana, sin rendirse—. Si no es un hermano, un amigo también sirve.
—Lo siento, de verdad no hay nadie —Agustín no tenía el más mínimo interés en jugar a ser cupido.
La señora no se desanimó.
—Es verdad, no abundan muchachos tan apuestos como tú.
—En el fondo, que un hombre sea demasiado guapo no es tan bueno, atrae muchas miradas.
—Con que sea presentable es suficiente.
—Alguien como Raúl o Rayan estaría perfecto.
Cecilia escuchaba esto y no sabía dónde meterse: *¡Abuelas, sus estándares no son nada bajos!*
Tanto Raúl como Rayan eran el claro ejemplo de hombres excepcionales.
¡Y decían que no pedían mucho!
¡Pedían la luna!
—Abuelas, ¿no se enteraron de que hoy Rayan tiene una cita a ciegas? —Cecilia intervino para salvar a Agustín, cambiando de tema.
Y tal como esperaba, la atención de todas cambió al instante.
Al ver que ya no decían nada, Cecilia se relajó.
A las doce en punto, el sonido de los fuegos artificiales anunció que era hora de comer.
Mientras los novios pasaban por las mesas para brindar, Cecilia y su grupo se dedicaron a disfrutar del banquete.
Rayan, que había estado ayudando, comió un poco más tarde y tuvieron que agregarle una silla en la mesa de al lado.
Casualmente, en esa mesa estaban Norma Villegas y su prima, Maya Vera.
La tía Wilma, madre de Rayan, y la madre de Norma también estaban allí.
La tía Wilma miró a su hijo y le dijo:
—Rayan, ella es Maya. Siéntate a su lado. A ella le da pena estirarse, sírvele un poco de comida, por favor.
Rayan le echó un vistazo a Maya Vera.
Ya se imaginaba lo que su madre estaba tramando.
Pero Maya no le gustaba en absoluto.
Esa chica se veía tímida y asustadiza; no era su tipo.

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