—Claro —Como solo era servir un plato, Rayan no se negó.
—¿Quieres de esto?
Rayan sostuvo el plato y le preguntó a Maya.
Maya se sonrojó de inmediato.
—Sí, gracias.
Su voz era tan bajita como el zumbido de un mosquito. En comparación, Rayan se veía mucho más relajado y seguro.
Rayan le sirvió una porción enorme, la mitad del plato lleno de guarnición y la otra mitad de arroz.
Era imposible que Maya se comiera todo eso, así que miró a su prima pidiendo auxilio.
Norma empujó su propio plato hacia ella y Maya le pasó la mitad de la comida.
—Joven Rayan, escuché que trabajas en el extranjero... —Bajo la mirada insistente de su prima, Maya intentó sacarle plática.
—Sí.
Rayan agachó la cabeza y se concentró en comer.
Había estado trabajando toda la mañana y estaba muerto de hambre.
Además, la sazón de la familia era increíble y no quería desperdiciar ni un bocado de esos platillos.
A Maya no le pareció de mala educación verlo comer con tantas ganas; al contrario, sintió que un hombre así transmitía seguridad.
Por otro lado, la tía Wilma no dejaba de hacerle señas a su hijo para que comiera con más modales.
Lamentablemente, Rayan fingió no verla.
Cuando estaba en la ciudad, usando sus gafas de montura dorada, lucía como un hombre elegante y refinado. Pero cuando el señor Ortiz sonreía, sus subordinados temblaban de miedo.
Era elegante, sí, ¡pero esa elegancia aterrorizaba a quienes trabajaban para él!
Al volver a su pueblo, Rayan dejaba salir a propósito su lado más rudo y descuidado.
Había fingido por demasiado tiempo en el mundo de los negocios; en casa, solo quería estar cómodo.
—¿Y a qué te dedicas en el extranjero?
Maya se armó de valor para seguir preguntando.
La tía Wilma quiso ayudar a su hijo, pero recordando que ya no era un niño y que rara vez hablaba con mujeres, le dio un pisotón por debajo de la mesa para que dejara de ser tan cortante.
Rayan no tuvo más remedio que dejar de comer por un momento.
Cecilia se apresuró a seguir comiendo; el chisme estaba bueno, pero no le iba a quitar el hambre.
Jenny no podía agotarse demasiado, así que, después de un brindis general, se sentó a disfrutar del banquete.
Al verla comer con tantas ganas y sin ninguna molestia, Cecilia supo que tenía buena energía y que el bebé estaba en perfectas condiciones.
Cuando terminó de comer, se llevó a Josefina y a Miguel a pasar el rato.
Para ser exactos, los hermanos Ortiz se fueron a jugar con los niños del pueblo.
Agustín acompañó a Cecilia a caminar para bajar la comida.
Era más que necesario, pues sentía el estómago a punto de reventar.
Agustín pensó que esa había sido la fiesta de bodas más animada a la que había asistido en su vida.
No solo por la calidez de la gente del campo, sino porque la comida del banquete era mil veces más reconfortante que los fríos platillos de los restaurantes de lujo.
En invierno, lo mejor era comer algo caliente. Todos se concentraban en disfrutar la comida sin tanta plática innecesaria.
No era como esos eventos a los que solía asistir en la ciudad, donde el único objetivo era buscar inversiones, cerrar negocios y hacer contactos, olvidando por completo el propósito de sentarse a comer.
Aunque Agustín era un hombre de carácter frío, este ambiente no le desagradaba en absoluto.

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