Antes de que Adolfo pudiera decir una palabra, la profe Leticia ya no se pudo aguantar.
—Hijo, sé sincero, ¿tú sientes algo por Ceci...?
Adolfo la miró, entre exasperado y divertido.
—Mamá, ¿me ves con cara de roba novias? Ceci es mucho menor que yo, ¡y además ya está comprometida!
Leticia se quedó boquiabierta. ¡¿Quién había sido tan rápido?!
—¿Tan joven y ya tiene prometido? ¿Acaso es un compromiso arreglado desde la cuna? —preguntó. Era la única explicación lógica para que alguien estuviera comprometido a esa edad.
Adolfo lo pensó un momento y asintió con seriedad.
—De hecho, sí. Es un compromiso arreglado. Y, según tengo entendido, es una promesa que se heredó de la generación anterior.
—¿Ah? —Leticia estaba confundida—. ¿Desde cuándo los compromisos matrimoniales se heredan? ¿Fue una promesa de sus mayores?
—Originalmente, el compromiso era entre la madre de Ceci, la señora Luciana Ortega, y un miembro de la familia Sandoval. Pero ahora recayó en Ceci y en Agustín Sandoval.
—Espera un momento, ¿dijiste Luciana Ortega? ¿La familia Sandoval? ¿Te refieres a la misma Luciana de la que tanto se hablaba en la alta sociedad?
Leticia había nacido y crecido en Viento Claro. Era de la misma generación que Luciana Ortega, así que por supuesto conocía las leyendes sobre esa mujer. Lo que no esperaba era que Ceci fuera su hija. Y mucho menos que su prometido fuera el heredero de la influyente familia Sandoval.
¿Acaso no era esto un peso que los adultos le habían impuesto a los jóvenes para pagar deudas del pasado? Leticia se preguntó si una chica tan dulce como Ceci habría sido obligada a aceptar ese compromiso en contra de su voluntad.
—Mamá, ¿en serio me estás motivando a meterme en una relación ajena y destruir un compromiso?
Leticia frunció los labios.
—Tampoco es eso. Digo, todavía no se han casado, ¿verdad? Quién sabe si a la pobre Ceci no le convence ese arreglo.
—Pues te equivocas, mamá. Agustín Sandoval es un hombre brillante en todos los aspectos, ¿por qué habría de estar inconforme? Además, ya viste lo inteligente que es Ceci; sabe perfectamente lo que le conviene. No es de esas que pierden la cabeza por amor, la veo mucho más enfocada en su carrera.
Adolfo sentía una gran admiración por Cecilia. Una chica que, a sus diecinueve años, poseía un conocimiento médico digno de un experto de décadas, sin duda había invertido incontables horas de estudio desde su niñez.
—Entonces, ¿me estás diciendo que su madre sí perdió la cabeza por amor? —Leticia sentía que ese término no encajaba con Luciana. Una mujer tan excepcional no abandonaría a su familia ni su brillante futuro solo por un romance fugaz. En su época, Luciana ya era una figura prominente en el mundo de las matemáticas y la Universidad de Viento Claro estaba por ofrecerle un puesto como docente. Pudo haberse quedado enseñando, y se rumoreaba que importantes institutos de investigación también la querían. El hecho de que lo dejara todo por un hombre siempre le pareció a Leticia un misterio sin resolver.

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