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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1549

Cecilia esbozó una sonrisa de disculpa.

Realmente no había calculado que el trayecto de regreso hacia el lago subterráneo se convertiría en un lodazal intransitable tras la lluvia.

Para colmo, el frío le estaba calando los huesos; cada vez que exhalaba, se formaba una densa nube de vapor frente a su rostro.

Aun así, apretó los dientes y no se quejó ni una sola vez.

Podía estar sufriendo, pero su fuerza de voluntad era de acero.

Haroldo Juárez, al final, no los había acompañado. El comandante le ordenó quedarse en la retaguardia para coordinar la logística y las operaciones futuras.

Dominar el Monte Nebuloso no sería una tarea de la noche a la mañana.

Esa era una zona virgen, y si el gobierno planeaba establecer una base militar permanente, requeriría una planificación milimétrica.

El trabajo era colosal, y no tenía sentido arriesgar a los dos oficiales de mayor rango en la primera línea de fuego.

Haroldo fue lo suficientemente maduro para aceptar la orden.

Sabía perfectamente que sus heridas lo convertirían en un lastre en una marcha forzada.

Sería mucho más útil dirigiendo la logística y los suministros desde el exterior.

Además, conocía los secretos de la montaña como nadie, lo que le daba al comandante la tranquilidad de tener un estratega experto cubriéndoles la espalda.

Así, Cecilia se convirtió en la única persona del escuadrón que ralentizaba el paso, pero absolutamente nadie se atrevió a murmurar una queja.

La razón era simple: sus medicinas eran milagrosas y su habilidad médica, incuestionable.

Además, contaba con la protección exclusiva de sus propios guardaespaldas y los de Agustín Sandoval.

No necesitaba que los agentes del Departamento de Seguridad Especial, ni los soldados del ejército, movieran un dedo para cuidarla.

Salvo por su evidente agotamiento físico, la chica no era una carga para nadie.

Agustín no podía evitar que se le estrujara el corazón al verla tropezar, pero hizo lo posible por ayudarla a arrancar de la tierra todas las plantas extrañas que ella le señalaba.

Mientras lo hacían, se acercó a su oído y murmuró:

—Esta vez tu contribución ha sido indispensable para desmantelar el laboratorio. Literalmente les salvaste la misión. Cuando todo esto termine, estamos en posición de exigirles condiciones a nuestro favor.

Cecilia no era precisamente una experta en juegos políticos ni en las maniobras sutiles del poder.

Pero Agustín era una bestia en el mundo corporativo.

Era un estratega implacable, y en cuanto notó el brillo de ambición en los ojos de Cecilia por esas raras hierbas silvestres, su mente comenzó a tejer un plan para asegurarle un flujo constante de recursos.

Si el ejército iba a instalar una base en la zona de todos modos, ¿por qué no aprovechar esa maquinaria militar para el beneficio de su prometida?

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