Al escuchar eso, Mireya perdió el interés de inmediato.
—¿Quién es ese maestro escultor de jade? ¿Acepta aprendices? —preguntó Cecilia, tentada a aprender.
Al ser diseñadora, le encantaría poder esculpir sus propias piezas. Con un poco de instrucción, no debería ser tan difícil.
Pero antes de que Lucas pudiera responder, Macarena se adelantó:
—Él no acepta aprendices —interrumpió Macarena.
—Le enseñó a Lucas porque se fijó en su cara bonita. Quería emparejarlo con su nieta, así que le enseñó sus mejores trucos. Pero resulta que la nieta lo rechazó, dijo que era demasiado guapo y le faltaba madurez.
Lucas saltó como un gato al que le pisan la cola:
—¿Quién no es maduro? ¡La del mal gusto es ella!
Lucas gruñó indignado.
Aquélla chica también era heredera de una familia prestigiosa, incluso más rica y poderosa que la de Macarena.
Con tantas opciones, obviamente tenía estándares imposibles.
Y para ella, Lucas no tenía ningún atractivo.
A Lucas no le importaba. De todas formas, no pensaba casarse con la nieta del maestro solo porque le enseñó un truco o dos.
El anciano también lo había dicho medio en broma.
El hecho de que a ella no le gustara, la verdad, fue un gran alivio.
Pero escuchar a Macarena decir que no tenía encanto, ¡eso sí no se lo iba a tragar!
Mientras discutían, Agustín ya había subido y tocó el timbre.
Cecilia fue corriendo a la puerta y lo recibió con una enorme sonrisa.
Esa noche la casa estaba llena, pero Agustín era el único allí que tenía sus pantuflas exclusivas.
Al notar que todos los demás llevaban cubrezapatos de plástico y él era el único con pantuflas propias, Agustín esbozó una sonrisa.
—¿Llegué muy tarde?
Agustín había traído algunos platillos ya preparados directamente desde un hotel.
—La comida de ese lugar es muy buena, les traje las especialidades de la casa.

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