Uno de los jóvenes suspiró.
—¿Quién lo diría? Nunca pensé que Agustín fuera un romántico empedernido.
Otro le dio un codazo.
—¿Qué estupideces dices? ¡Simplemente sabe cómo tratar a su mujer!
Y vaya que sabía hacerlo.
Estar con una chica menor que él parecía haber despertado su instinto protector.
Cecilia se hizo la sorda ante las bromas, pero si uno se fijaba bien, la punta de sus orejas estaba completamente roja. Eran insoportables.
Después de la cena, el grupo tenía más planes. Le preguntaron a Agustín y a Cecilia si querían ir a Villa La Luna Plateada, donde había todo tipo de entretenimiento.
Podían jugar a las cartas, al billar o incluso practicar tiro con arco. Un par de horas de diversión después de cenar antes de ir a dormir sonaba perfecto.
Los herederos y jóvenes de poder solían tener pasatiempos tanto exclusivos como mundanos. Pero este grupo en particular, al ser cercano a Agustín, tenía buena reputación. No se metían en vicios de mal gusto. A lo mucho, apostaban cantidades escandalosas al jugar a las cartas.
Y si alguien quería pasarse de la raya, jamás lo haría frente a Agustín, pues todos sabían que él mantenía su distancia con ese tipo de cosas.
Agustín rechazó la invitación, excusándose con que debía llevar a Cecilia a casa. Ella tenía compromisos al día siguiente y realmente no podía trasnochar.
Nadie se ofendió por la negativa. Salir de fiesta con alguien tan estructurado como Agustín a veces resultaba incómodo para ellos de todos modos. Era mejor que cada quien siguiera su camino.
Agustín llevó a Cecilia a casa sin mayores contratiempos.
—¿Se sabe algo de Cristhian Lara? —preguntó Cecilia en el camino.
La información que manejaba Agustín siempre era mucho más precisa que la suya.
Al escucharla preguntar por Cristhian, Agustín negó con la cabeza; él tampoco tenía detalles específicos.

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