—¿Ya saliste de clases?
—Sí, estoy a punto de irme a casa. Hoy tengo la tarde un poco libre, así que pensaba repasar cómo mejorar el tratamiento de Leo —respondió Cecilia.
—No vayas a casa todavía. Estoy llegando a tu universidad, vamos a cenar juntos.
Si Agustín ya estaba prácticamente en la puerta, ¿cómo iba a decirle que no?
—Está bien, pero espérame en la entrada de mi edificio, no en la escuela.
Quería evitar llamar la atención en el campus.
Sin embargo, Cecilia no contaba con que, al esperarlo en la calle de su vecindario, tampoco lograría escapar de las miradas curiosas y los chismes de las señoras del barrio.
Aunque, claro, eso lo descubriría después.
—De acuerdo.
Agustín conducía él mismo; había dejado libre a su chofer para poder ir solo por Cecilia.
Le encantaba esa sensación de manejar personalmente para recogerla. Sentía que, al salir de su oficina y pasar por ella al terminar sus clases, sus vidas cotidianas se entrelazaban de una manera muy íntima.
Durante el trayecto, Agustín le habló sobre la chica de la patineta.
Resultaba que Dora Rivas era hija de alguien importante. Su padre, Jonás Rivas, era el segundo al mando, justo un escalón por debajo del padre de Leandro Vera, el alcalde.
Para ser el segundo al mando, el padre de Dora era un hombre notablemente joven.
Llegar a esa posición requería mucha capacidad, pero también un sólido respaldo financiero.
—Dora es la única hija del señor Rivas.
Cecilia se sorprendió. ¿Acaso el mundo era un pañuelo en Viento Claro?
Cualquier chica que chocara con ella en la calle resultaba tener un trasfondo político de peso.
—El señor Rivas adora a su hija, pero se sabe que la muchacha ha sido un dolor de cabeza desde que era una niña, siempre metiéndose en problemas.
—Sí... ya me di cuenta —murmuró Cecilia.
Alguien capaz de lanzarse en patineta frente a las puertas de una universidad tan prestigiosa no podía ser más que una chica mimada y caprichosa, producto de una crianza demasiado consentida.

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