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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1645

—Entonces, ¿dónde paso a buscarte mañana?

Agustín no tenía la menor intención de dejar que Cecilia fuera sola, a pesar de que ambos tenían invitaciones separadas.

—Lo más seguro es que tengas que buscarme en la universidad.

El doctor Acosta y el doctor Salazar tenían vínculos profundos con esa universidad; había un gran ambiente académico y médico allí. Haber conseguido el espacio para las cátedras ahí había sido una decisión de las altas esferas.

—De acuerdo —respondió Agustín—. Si la ubicación cambia, mándame un mensaje en la tarde.

Al llegar a casa, Cecilia recibió una llamada de Amelia Corrales.

Amelia por fin había despertado. Aunque su recuperación añn sería larga, estaba inmensamente feliz de haber sobrevivido gracias al esfuerzo conjunto del director Ramírez y de Cecilia.

En cuanto se sintió con un poco más de fuerza, lo primero que hizo fue llamarla.

—Ceci, de verdad, no tengo cómo agradecerte. Si no fuera por ti, jamás habría vuelto a abrir los ojos.

Horacio Heredia ya le había contado que le transfirió acciones de su compañía de videojuegos como forma de pago.

Amelia, con su personalidad franca y relajada, no le dio muchas vueltas al asunto. Para ella, lo hecho, hecho estaba. ¿Qué mejor manera de agradecer que cediendo algo de valor? Además, Cecilia había salvado su vida; las acciones eran lo de menos.

Aun así, sentía la necesidad imperiosa de darle las gracias en persona.

—Todavía no me dan el alta, pero en cuanto salga de aquí, te invitaré la mejor cena de tu vida.

—Tranquila, Amelia. Tú solo enfócate en descansar y recuperar tus fuerzas. Lo demás puede esperar.

Amelia dejó escapar una risa suave pero cansada.

—En eso tienes razón. Necesito recuperarme.

Hubo una pausa antes de que continuara, su tono tornándose un poco más serio.

Pero siendo realistas, si sus padres estaban en contra, ¿qué pensaría Horacio a largo plazo? ¿Y los padres de él? ¿Qué familia política querría a una nuera que arriesgaba su vida todos los días en misiones mortales?

La familia de Horacio tenía vínculos políticos, y en ese mundo se exigía estabilidad. Era obvio que ellos también respirarían aliviados si ella tomaba un puesto de oficina.

—Ceci, si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?

Cecilia suspiró con empatía. Sabía que esa pregunta no tenía una respuesta fácil, porque ella jamás se vería en la situación de caer del techo de un edificio.

—Amelia, no se trata de qué haría yo. Se trata de tu realidad actual. Físicamente, ya no estás en condiciones de estar en la línea de fuego, ¿verdad? Aunque yo te ayude con terapias y medicina natural para alcanzar tu máxima recuperación posible, seguirá siendo insuficiente para tu antiguo nivel de exigencia.

Cecilia tenía que ser honesta. El daño era permanente.

—Puedo ayudarte a recuperar quizás un sesenta o setenta por ciento de tu capacidad física anterior, pero el proceso será muy largo. Aunque no renuncies definitivamente a la acción, tendrás que alejarte del campo por lo menos tres años. Y en tres años, ¿te has puesto a pensar cómo habrá cambiado todo?

Amelia se quedó sin palabras. No imaginó que su situación fuera así de definitiva.

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