La Organización Amanecer tampoco había hecho ningún movimiento reciente, y nadie sabía exactamente qué tramaban.
Eso hizo que Cecilia bajara la guardia.
Hasta mayo, pasó sus días tranquilamente en la escuela.
Los dos guardaespaldas asignados por el Departamento de Seguridad Especial para protegerla, llevaban dos meses viviendo en el apartamento de al lado, aburriéndose a más no poder.
Los primeros días, atraparon a varios individuos que intentaron acercarse a Cecilia.
Pero entre la presencia disuasoria de ellos dos y el hecho de que ella ya contaba con un equipo de escoltas excepcionales de su propia familia, los agentes del departamento terminaron siendo casi innecesarios.
Llevaban más de un mes sin nada qué hacer.
El trabajo no presentaba ningún reto y, de paso, Cecilia les había curado casi todos los achaques físicos que tenían.
¡Incluso las cicatrices de viejas heridas casi habían desaparecido gracias a la crema que ella les dio!
En ese último mes, ambos habían engordado al menos dos kilos.
Y todo gracias a Ariel, que bajo su apariencia refinada, era un maestro culinario.
Sus platillos hacían que todo el edificio oliera a gloria.
Todo esto se debía a una misión encubierta en la que participó durante tres años; durante ese tiempo, perfeccionó sus habilidades en la cocina hasta el punto de poder obtener una certificación profesional.
Su familia tenía un restaurante, así que ya tenía las bases, pero luego se sumergió tanto en el estudio culinario que se volvió imparable.
Incluso cuando el sindicato criminal en el que estaba infiltrado fue desmantelado, los criminales no querían dejarlo ir.
El único deseo de un preso condenado a muerte antes de su ejecución fue comer una vez más uno de los platillos de Ariel.
Cecilia también sentía que había tenido muchísima suerte al contar con la protección de alguien como él.
Cada noche, sus vecinos le preguntaban si quería cenar algo. Aunque al principio intentaba rechazarlo firmemente, los manjares de Ariel eran simplemente irresistibles.
A decir verdad, a esos dos hombres acostumbrados a la adrenalina y al trabajo de alta intensidad, estar tan ociosos les generaba ansiedad.

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