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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1769

—No digas eso, Amaya. Es mi muchacho el que no tiene la suerte de estar contigo.

—Si él sintiera algo por ti, te aseguro que los habría comprometido sin dudarlo un segundo.

—Pero ahora mismo no tiene cabeza para el romance; su única preocupación es volver a caminar.

—No me parecería justo retenerte y hacerte perder los mejores años de tu vida.

Bárbara insistió en que su principal motivo era no truncar la juventud de Amaya, y lo decía con total sinceridad.

Para ella, aunque Amaya fuera un poco manipuladora, su cariño por Yonatan, forjado desde la infancia, era genuino.

Lo que Bárbara no imaginaba era que los sentimientos de Amaya eran más falsos que una moneda de cuero.

La chica solo se amaba a sí misma y al dinero de la familia Quintero.

La generosidad de Bárbara siempre había alimentado su vanidad, y por eso soñaba con casarse con Yonatan: para quedarse con toda la fortuna familiar.

Qué lástima que de la nada apareciera esa anciana de apellido Chacón, arruinándole el plan perfecto.

Esa mujer no tenía pinta de dejarse manipular, lo que ponía en riesgo el acceso de Amaya a la herencia.

Si antes sentía que tenía la vida resuelta a la vuelta de la esquina, ahora veía que ni con el doble de esfuerzo conseguiría lo que quería. ¡Cómo no iba a estar furiosa!

Habría dado cualquier cosa por quedarse plantada en el hospital, pero sabía que ya no era bienvenida y que, de insistir, solo lograría que la detestaran más.

Mientras tanto, en la habitación, Leire ya le había explicado toda la historia a su nieto.

Incluso le mostró el álbum de fotos antiguas que había guardado como un tesoro.

Allí estaban las imágenes de ella con su esposo y su hijo.

—Yonatan, te pareces tanto a Gerardo... Verte a ti es como ver a mi hijo otra vez.

—Mira, esta es una foto de tu padre cuando era niño.

—Seguro tienes fotos tuyas de pequeño; si las comparas, verás el parecido.

Leire siempre llevaba esas fotos consigo, con la esperanza de que, el día que por fin encontrara a su familia, le sirvieran de prueba irrefutable.

Leire no se equivocaba. Aunque Yonatan nunca había visto fotos de su padre de niño, sí conocía las suyas propias.

Además, recordaba claramente cuando su papá le decía que, a su edad, ambos eran como dos gotas de agua.

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