—Piénsalo bien. ¿Qué tal si esa chica no era una simple estudiante, sino una asesina profesional? En el momento en que la tomaste en brazos, podría haber aprovechado para atacarte mortalmente —sugirió Agustín, planteando el peor de los escenarios para que Cecilia no bajara la guardia.
—En el mismo instante en que la atrapé, le tomé el pulso —respondió ella con calma—. No soy tan descuidada como crees.
Cecilia no carecía por completo de malicia. Antes de pedir ayuda a los guardias, se había asegurado de que la chica estuviera genuinamente inconsciente. Un desmayo fingido jamás pasaría desapercibido bajo su evaluación médica.
Agustín no esperaba esa respuesta. No se había imaginado que, incluso en una situación tan caótica, ella mantendría un nivel de alerta tan alto y usaría sus conocimientos de inmediato.
*Su habilidad médica realmente es impresionante*, pensó, sintiendo una mezcla de alivio y admiración.
—Eso fue muy astuto de tu parte —asintió Agustín, esbozando una ligera sonrisa—. De todos modos, ¿quieres que investigue a esa chica?
Si el accidente había sido genuino, perfecto. Pero si había algo turbio, Agustín se encargaría de que esa persona jamás volviera a cruzarse en el camino de Cecilia.
—Señor Sandoval, muchísimas gracias por su ayuda —respondió Cecilia, aceptando la oferta sin falsos pudores.
Ella misma podía investigar el asunto, pero le tomaría tiempo, algo que no le sobraba. Para Agustín, con todos los contactos y recursos a su disposición, era un trámite sencillo que ni siquiera requeriría mover un dedo personalmente.
Agustín levantó una mano y le alborotó suavemente el cabello.
—Solo darme las gracias de palabra... ¿no te parece que falta un poco de sinceridad?
Su voz era cálida y profunda, desprovista de esa frialdad cortante con la que solía dirigirse al resto del mundo.
Cecilia levantó una ceja, divertida.
—Ah, ¿sí? Y según usted, señor Sandoval, ¿cómo debería demostrarle mi agradecimiento?
—Dorian Benavides se enteró de que Rayan está en la ciudad y quiere reunirse con él para hablar de negocios. Me pidió que te invitara a ir juntos. Si tienes tiempo, acompáñame. Si no, ¿puedo ir yo en tu representación?
Agustín sabía que, como intermediario, él no tendría el mismo peso que la propia prima de Rayan. Sin embargo, al ser el prometido de Cecilia, su presencia seguía siendo relevante. Seguramente, Rayan le mostraría respeto tanto por ser su futuro cuñado como por deferencia a la tía Lorena.
Cecilia no tenía el menor interés en asistir. Los negocios la aburrían y prefería no meterse en las operaciones mineras o joyeras.
—Ve tú. Yo le llamo a mi primo en un rato para avisarle que vas de mi parte.
Agustín percibió la confianza absoluta que había en esa respuesta. No hacía falta decir más.
—De acuerdo.
Fiel a su palabra, Cecilia sacó el teléfono de inmediato.

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