—¡Cecilia!
Martina la alcanzó afuera y la llamó.
—¿Se te ofrece algo? —Cecilia volteó a verla.
—No me digas que te molestaste por lo que dijeron. Solo bromeaban, no lo hicieron con mala intención —se excusó Martina. Ella apenas llevaba un rato conviviendo con sus compañeras de cuarto, pero como no se había peleado con ninguna, creía que eran buenas personas.
Como también conocía a Cecilia, quiso hacerla de mediadora.
Su intención era buena, y no estaba mal hacer el intento.
Cecilia no quiso hacérsela cansada:
—No estoy enojada, pero la verdad no me gustan ese tipo de jueguitos. Solo generan problemas y malos entendidos.
Martina pensó que Cecilia le estaba dando demasiadas vueltas al asunto:
—No creo que pase a mayores. El jefe de grupo no se ve como alguien que se lo tome a mal.
«En boca cerrada no entran moscas», pensó Cecilia. ¿Cómo iba a saber ella si entre tantos metiches no había alguien que sí se hubiera creído el chisme?
Solo se quedó mirándola sin decir nada, y Martina enseguida dio su brazo a torcer, juntando las manos en señal de disculpa.
—Ya entendí. La próxima vez les voy a poner un alto, te lo prometo.
Cecilia la miró extrañada.
—Ya te dije que no es asunto tuyo.
«¡Si vuelven a andar de hociconas, ya me encargaré yo misma de ubicarlas!».
Desde chiquita, a Cecilia no se le podía buscar bronca. Con solo verle esa expresión, Martina supo que la cosa se pondría fea si le seguían rascando.
Pero ni modo, las que empezaron con el alboroto fueron sus roomies.
Carla era un poco desbocada, Regina era la listilla del grupo y Teresa era un poco más centrada que ellas dos, aunque Martina apenas y las conocía para juzgar.
Mejor iba a tantear el terreno; si se podía ser amigas, qué bueno, pero de ninguna manera se iba a echar de enemiga a Cecilia.
Martina le tenía un pavor irracional a la chava. Sentía que si se ganaba su coraje, le iba a ir como en feria.
Pasados los diez minutos de la comida, todos se formaron para el pase de lista.
Como era de esperarse, hubo algunos que no acabaron o que llegaron con el último bocado de comida atorado en los cachetes.
Pese a todo, manejaron bien sus tiempos y casi todos llegaron a la cita.
Los dos que se atrasaron fueron obligados a quedarse firmes en posición de descanso como castigo, para sorpresa de nadie.
—Diez minutos fue pura cortesía. Si a nosotros nos hubieran castigado así, habría sido media hora mínimo.

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