Cecilia asintió y se despidió de él con un gesto.
—No te preocupes por mí, ve a dormir tú también.
Agustín asintió al escucharla.
—Llámame si necesitas algo.
Una vez que él salió, Cecilia fue al baño.
Tras lavarse, se metió en la cama y se quedó dormida casi de inmediato.
Durmió profundamente hasta la mañana siguiente.
Cecilia rara vez se quedaba en la cama, pero esta vez durmió hasta las once.
Samuel quiso despertarla para desayunar, pero Agustín se lo impidió.
—Déjala descansar, ha estado demasiado agotada estos días.
Acostumbrado a la disciplina desde niño, Samuel lo entendía, pero aún consideraba importante desayunar a su hora.
—Puede comer y volver a dormir.
Agustín negó.
—Si se levanta a comer, es muy probable que pierda el sueño, y eso no le hará bien.
—Pero... —Samuel frunció el ceño—, no comer le hará daño al estómago.
—Por una vez no pasa nada —lo persuadió Agustín—. Ceci es doctora, ella sabe lo que hace.
Samuel lo miró con escepticismo.
—Si la consientes tanto, ¿no tienes miedo de malcriarla?
*¿Acaso estaba hablando en serio o tenía segundas intenciones?*
A Agustín no le importaba.
De todas formas, para cuando Cecilia se levantó, ya estaba muerta de hambre.
Al ver a Agustín y a Samuel, lo primero que preguntó fue:
—¿Por qué no me despertaron?
—Me muero de hambre —añadió, soltando otro bostezo.
Samuel miró de reojo a Agustín.
—Fue idea suya. Dijo que te dejara dormir todo lo que quisieras.
Cecilia notó de inmediato la mirada divertida de su primo.

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