Amanda tenía el rostro pálido y los ojos mostraban una pizca de asombro.
Así que lo había hecho a propósito, quería que ella la escuchara.
Claro, si no fuera intencional, ¿por qué dejaría la puerta entreabierta y gemiría sin recato alguno?
Amanda presionó el botón de grabar sin dudarlo.
Se escuchó la risa burlona de Olivia, quien se acercó a su oído para susurrarle con veneno:
—Amanda, voy a quitarte todo: a tu papá, a tu mamá, a tu hermano, a tu prometido, y también a tu querido esposo.
La sonrisa en el hermoso rostro de Olivia se intensificó.
—Yo solo quiero que sepas que todo lo que a ti te costó sangre y sudor conseguir, yo puedo apropiármelo con un chasquido de dedos. Tú siempre serás esa basura que piso bajo mis pies.
Al recordar los gemidos de hace un momento, Amanda no podía borrar de su mente las imágenes que su imaginación había creado.
También recordó lo que Lucas había dicho aquel día fuera de la habitación del hospital… Si él era capaz de llegar a tal extremo por Olivia, ¿qué había sido ella durante estos tres años?
Además del dolor, una furia ardiente se encendió en el pecho de Amanda, y no pudo aguantar más; levantó la mano para darle una bofetada.
Pero apenas sus dedos rozaron la mejilla de Olivia, se escuchó un grito de espanto, seguido inmediatamente por el ruido seco y brutal de un cuerpo rodando escaleras abajo.
Amanda se quedó parada en su lugar, sin entender siquiera qué acababa de pasar.
De repente, unos pasos apresurados resonaron detrás de ella y, acto seguido, una sonora bofetada aterrizó en el rostro de Amanda, tirándola al suelo.
Lucas tenía los ojos inyectados en sangre, llenos de ira.
—Amanda, ¿estás loca? ¿Cómo te atreves?
—Siempre supe que tenías celos de Olivia, pero jamás imaginé que fueras tan enferma como para llegar a este punto y empujarla por las escaleras. Amanda, realmente me das asco.
Lucas rugía como un loco, con las venas de la frente saltadas, mirándola sin un ápice de amor.
Amanda hizo una mueca, sintiendo el frío calarle hasta los huesos. Temblaba sin control.
Ese era su amado esposo, el que la condenaba a muerte sin preguntar. Antes, al menos fingía un poco, pero en cuanto el asunto involucraba a Olivia, mostraba su verdadera cara y no podía disimular ni un segundo.
Antes de que la madre pudiera hablar, Román corrió hacia Amanda a toda velocidad y le propinó una patada directa en la cintura.
Román tenía un temperamento violento y miraba a Amanda con odio.
—Amanda, mamá tiene razón, eres una malagradecida, muerdes la mano que te da de comer. Desde que Olivia regresó, has estado en su contra. ¿Por qué eres tan mala? La familia Zúñiga te crió, ¿y así nos pagas? ¿Por qué ese accidente de hace tres años solo te quitó los ojos? ¿Por qué no te mató de una vez?
¿Por qué no la... mató?
Amanda estaba sentada en el suelo, con una mano apoyada en el piso y la otra presionando su vientre.
Sentía unos cólicos terribles en el bajo vientre, pero no se comparaban con la décima parte del dolor que sentía en su corazón; tenía un frío que la hacía tiritar.
Le dolía tanto que no podía hablar, y mucho menos tenía fuerzas para explicar. De todos modos, aunque quisiera explicarse, esa gente no le creería.
Escuchó cómo los pasos se alejaban cada vez más; todos se iban acompañando a Olivia al hospital.
Amanda se quedó sola en el mismo lugar, con los labios blancos como el papel, olvidada por todos.

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