Después de un largo rato, se apoyó en el barandal y bajó las escaleras paso a paso; su cuerpo estaba tan frágil que parecía que una ráfaga de viento podría desmoronarla.
Los sirvientes miraban en silencio; aunque nadie decía nada, la escena les encogía un poco el corazón.
***
Hospital.
Le hicieron un chequeo completo a Olivia. Solo tenía algunas contusiones en los tejidos blandos, nada grave.
Los Zúñiga, preocupados, insistieron en que se quedara en observación una noche antes de darle el alta, temiendo que hubiera alguna lesión oculta.
La señora Zúñiga la cuidaba con total dedicación, Román estaba ocupado cortándole fruta y Lucas iba de un lado a otro buscando especialistas para una consulta.
Román le acercó la fruta pelada, con la mirada llena de compasión.
—Todo es culpa de esa malagradecida, ¿cómo pudo tener un corazón tan negro? Quería matar a Oli. Voy a llamar a la policía ahora mismo para que la arresten.
Al ver que Román tomaba su celular, Olivia lo detuvo de inmediato.
—Hermano, no llames a la policía, somos familia, no hay necesidad de llegar a tanto. Además, no me pasó nada grave. Hermano, perdonemos a Amanda.
La señora Zúñiga no tenía intención de dejarlo pasar tan fácilmente y dijo con veneno:
—De todos modos, esa malagradecida es hija de la familia Zúñiga solo de nombre; si se hace un escándalo, dañará la reputación de la familia. Pero se atrevió a tratar así a mi hija, así que definitivamente le voy a dar una lección para que aprenda.
Román estuvo de acuerdo.
—Sí, mamá tiene razón.
Olivia fingió abogar por ella:
—Mamá, hermano, mejor dejémoslo así, yo ya no culpo a Amanda. Además, entiendo cómo se siente; piensa que amenazo su posición y que le voy a robar el amor de ustedes. Pero yo solo vine a unirme a la familia, no a quitarle nada. Confío en que, con el tiempo, ella verá mi sinceridad.
Román resopló con desprecio.
—¿Ella? Tiene corazón de víbora, es mala hasta los huesos, no tiene remedio. Oli, tú eres demasiado buena, por eso siempre te hace lo que quiere.
En ese momento regresó Lucas, y la mirada de Olivia se posó al instante en él.
—Lucas.
Lucas dejó los reportes médicos sobre la mesa, con lástima en los ojos.
Amanda yacía en la gélida mesa de operaciones.
El cirujano se puso los guantes médicos y, antes de inyectar la anestesia, volvió a preguntar:
—Señorita Zúñiga, todavía tiene oportunidad de arrepentirse. ¿Está segura de que no quiere este bebé?
Amanda se tocó el vientre, sintiendo por última vez el pulso del niño latiendo al mismo ritmo que el suyo, y una lágrima se deslizó por el rabillo de su ojo.
Con la garganta anudada, soltó un «sí» ahogado y cerró los ojos con fuerza.
Al terminar la cirugía, Amanda sentía un frío que le calaba los huesos.
Se cubrió con una cobija gruesa y se hizo bolita; en esa habitación de hospital vacía no había ni un solo ser vivo que le ofreciera calor.
Quería tomar agua, pero no tenía fuerzas. Apretó los dientes y estiró la mano con dificultad para alcanzar el vaso en la mesa de noche. Apenas tocó el borde, el vaso se volcó.
La poca agua que quedaba goteó por el borde de la mesa y, de repente, una sensación de impotencia la invadió.
Amanda tenía la garganta seca y sentía un ardor insoportable en la nariz, anunciando el llanto.
En ese momento, escuchó a dos enfermeras platicando al pasar por fuera, y su corazón se hundió aún más.

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