Acompañado de un grito, Amanda ya le había torcido los dedos. Al mismo tiempo, rompió una botella de vino que tenía a la mano y presionó el borde afilado contra la arteria del cuello de David.
En un instante, a David se le bajó la borrachera.
Abrió los ojos con espanto:
—Tú…
Amanda, con el rostro sombrío, dijo palabra por palabra:
—David, más te vale no moverte. No garantizo que no me tiemble la mano.
David, por supuesto, no se atrevió a moverse, porque el vidrio afilado ya le había cortado un poco la piel del cuello.
Amanda miró a Verónica, que seguía inconsciente.
—¿Qué le dieron a Verónica?
David, pálido del susto, respondió:
—Solo inhaló un poco de éter.
Menos mal, no era ninguna droga extraña.
Amanda suspiró aliviada. En ese momento, su teléfono sonó.
Amanda ordenó a los demás que le contestaran la llamada sin soltar a David. Era el chofer de la familia Esquivel; el coche ya estaba en la puerta de «Noche y Día».
Amanda eligió a dos mujeres para que subieran a Verónica al auto. Solo cuando supo que Verónica estaba a salvo en el vehículo, se relajó un poco.
David estaba con el alma en un hilo, temiendo que Amanda se descuidara y le cortara el cuello.
—Amanda, ¿ya puedes soltarme?
Calculando el tiempo, ya casi debían llegar.
Amanda ladeó la cabeza; sus rasgos finos se veían vivaces y desafiantes.
—¿Tienes prisa?
¡Pues claro!
¿Quién no tendría prisa?
David pensó: «En cuanto Amanda me suelte, no saldrá de aquí hoy. Voy a hacerla mía a la fuerza y, una vez consumado el acto, yo tendré la última palabra».

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