En esas pupilas oscuras no había ni rastro de pánico o miedo; solo había calma, como si todo estuviera bajo su control.
No, no era «como si»; así era.
David cayó en la cuenta. Finalmente entendió por qué Amanda no se había ido con Verónica y por qué lo había soltado de repente.
David apretó los dientes y la miró con odio:
—Amanda, me tendiste una trampa.
¿Y qué esperabas?
¿Dejar que la intimidara?
El oficial al mando ordenó:
—Llévenselo.
El privado, que antes estaba lleno de gente, se quedó casi vacío al instante.
Amanda se arregló el cabello y la ropa, y narró con voz agraviada todo lo sucedido.
Una oficial sacó pluma y libreta para tomar nota. Al final, consoló a Amanda:
—Señorita Solano, es posible que necesitemos su colaboración más adelante. La llamaremos.
Amanda, con los ojos enrojecidos, se secó una lágrima.
—Gracias. Si no hubieran llegado a tiempo, me temo que…
Amanda parecía a punto de romper a llorar de nuevo.
Como mujer, la oficial empatizó con ella.
—Señorita Solano, ya pasó. Tenga por seguro que la ley le dará un juicio justo.
Se despidieron y la oficial se fue primero para reportarse en la comisaría.
Al ver que la policía se alejaba, Amanda recuperó por completo su compostura habitual.
Se levantó despacio y su teléfono sonó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira