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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 230

Después de un rato, soltó una queja repentina:

—Ningún Díaz es normal.

Eduardo paró la oreja, listo para el chisme.

—¿Conoces a otro Díaz? ¿Novio? ¿Pretendiente? ¿Amor platónico?

Ya tenía cuarenta años, ¿y seguía siendo tan chismoso? Amanda lo miró de reojo.

—Es alguien que ya me bloqueó.

Estaba claro que Amanda no lo superaba. El hecho de que Mauro la hubiera bloqueado era algo que recordaría toda la vida; cada vez que se acordaba, sacaba el tema para flagelarse. Dicho esto, Amanda se levantó. Eduardo quiso seguir interrogándola, pero no le dio oportunidad. Sin embargo, se quedó pensando y murmuró para sí mismo:

—O sea que ella lo persiguió y él la rechazó. Con razón trae un resentimiento que asusta.

***

La breve transmisión en vivo causó un gran revuelo en Clarosol. Mauro estaba sentado en el sofá viendo la repetición, mientras Hugo, a su lado, no pudo aguantarse más:

—Señor, es la vigésima vez que lo ve. Ya es suficiente.

Mauro dejó el celular, recostándose perezosamente con una sonrisa de orgullo en los labios. Hugo se acercó.

—Avisa que mañana habrá junta directiva en el grupo. Es obligatoria.

—Sí, señor.

***

Eduardo cumplió con la despedida para Amanda. Aunque fue un poco tarde, no hubo mayores contratiempos. En la cena, su estudiante, para mostrar su gratitud, bebió hasta quedar completamente inconsciente. Amanda también tomó unas cuantas copas de más. Mañana regresaría a Silvania, y quién sabía hasta cuándo volvería a ver a Eduardo. Al terminar la cena, Eduardo no podía ni caminar en línea recta, pero insistía en llevar a Amanda a casa. Ella lo rechazó sin pensarlo dos veces. Le pidió un conductor designado y vio cómo se iba primero. Después, los demás también se fueron yendo poco a poco. Amanda se recargó en la puerta de su auto para que le diera el aire, pasando sus largos dedos por su cabello negro; cada movimiento suyo era cautivador. El clima en Clarosol era diferente al de Silvania; tras el inicio del otoño, las mañanas y las noches traían cierto frescor. Pero la brisa nocturna en las mejillas se sentía reconfortante. De pronto, escuchó unos pasos acercándose. Amanda giró la cabeza y entrecerró los ojos para observar. Tres hombres estaban parados frente a ella. El líder, un tipo con los brazos tatuados y actitud de matón, se balanceó hacia ella.

—Guapa, ¿me regalas fuego?

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