Tres hombres con malas intenciones se le acercaron; pedir fuego era solo un pretexto para buscar pleito.
—No fumo —respondió Amanda, de mal humor.
Estaba parada en la calle esperando al chofer de reemplazo. Solo quería tomar aire fresco, pero el ambiente ya se había arruinado.
Se dio la vuelta para subir al carro y esperar adentro, pero el tipo que le pidió fuego le bloqueó la puerta con la mano. Su expresión se volvió más morbosa.
—Preciosa, el destino nos unió. Si no tienes fuego, yo me encargo de prenderte.
Los dos secuaces a su lado soltaron una carcajada. Uno de ellos le siguió el juego:
—¡A huevo! Nuestro jefe trae con qué prenderte bien y bonito, jajaja.
Pura escoria, solo sabían escupir vulgaridades.
Amanda esbozó una sonrisa irónica.
—¿Bien y bonito? ¿A poco ya lo probaste tú?
Las risas del secuaz se cortaron de tajo. Señaló a Amanda y le gritó:
—¡Pinche zorra! ¿Te estás burlando de mí?
El tipo se enfureció y levantó la mano para soltarle un golpe y darle una lección.
Como Amanda había tomado, sus sentidos y emociones estaban a flor de piel. Antes de que la mano del hombre pudiera tocarle la cara, un aullido de dolor resonó en el lugar.
Ella le había torcido los dedos hasta fracturarlos.
Al ver eso, los otros dos mostraron sus verdaderas intenciones.
El líder la miró con cara de pocos amigos.
—Pinche vieja, te quisimos tratar por las buenas. Con razón hay alguien que te quiere joder.
¿Qué significaba eso?
No eran simples acosadores.
¿Alguien los había mandado para atacarla?
Amanda se puso seria, con una mirada helada.
—¿Fue Joaquín Díaz?
El hombre se dio cuenta de que había hablado de más y no respondió.
De la nada, sacó una navaja.
—Como estás bastante guapa, no pensaba ser rudo contigo, pero como te pasas de lista y no aprovechas la oportunidad que te di, no me culpes por lo que pase.
Amanda frunció el ceño y su expresión se endureció.
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