Sin pensarlo dos veces, Amanda se subió de inmediato.
Al instante, Amanda solo sintió una cosa: frío.
Solo había estado en un carro con el aire acondicionado tan bajo, y era el de él.
Instintivamente, volteó a ver al hombre sentado a su lado con postura impecable. Sus ojos se abrieron con sorpresa; en efecto, era él.
Ella no dijo nada. Fue Mauro quien rompió el silencio:
—Manuel, súbele un poco a la temperatura.
Manuel le echó un ojo a Amanda por el retrovisor y adivinó de inmediato las intenciones de Mauro.
El señor Díaz siempre tan caballeroso con las mujeres.
Lo que siguió fueron diez largos minutos de un silencio sepulcral.
A Amanda le resultaba demasiado incómodo, así que tosió un poco para romper el hielo:
—Qué casualidad que justo paré su carro, señor Díaz.
No era ninguna casualidad; Mauro había ido expresamente a buscarla.
Después de ver la grabación del directo de Amanda, Mauro supo que estaría en peligro.
Conociendo lo rencoroso que era Joaquín, era obvio que intentaría darle una lección a Amanda por arruinarle sus planes.
De inmediato mandó a Manuel a investigar, y, como sospechaba, Joaquín había contratado a unos pandilleros de poca monta para acosarla.
Mauro había llegado a toda prisa, con el corazón en un puño, justo en el momento en que Amanda se le cruzó al carro.
Él seguía sentado recto, con las manos cruzadas, sin siquiera mirarla de reojo.
—Sí.
¿Eso era todo?
¿Un simple «sí»?
Este hombre cada vez era más de pocas palabras.
Al ver que él no quería platicar, Amanda guardó silencio.
Se pasó todo el trayecto mirando por la ventana, aunque quién sabe si de verdad prestaba atención al paisaje.
Mauro la llevó hasta la entrada de su hotel. Ella empujó la puerta y bajó un pie, dándose cuenta hasta ese momento de que estaba descalza.
Dudó un segundo, pero sacó el otro pie sin decir ni media palabra.
Hizo una mueca de dolor. Le ardía bastante.
Seguramente se había cortado la planta del pie con las piedras de la calle cuando huía.


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