Los gerentes de los clubes nocturnos se las saben de todas todas. Al notar la mirada de Amanda y deducir que le interesaba el último chico, empezó a venderle la idea de inmediato.
Con una sonrisa de oreja a oreja, el gerente se acercó.
—Tiene usted un ojo increíble. Este es Román, nuestro nuevo talento. No solo es galán, sino que sabe cómo tratar a las damas. De hecho, muchas clientas asiduas vienen preguntando específicamente por él.
En ese momento, Verónica también se percató del tipo. Soltó un jadeo ahogado y se le trabó la lengua.
—Él... él... ¡Amanda! ¿Acaso no es Román Zúñiga?
Así es. Era nada más y nada menos que Román.
Apenas hacía una semana él había viajado hasta Clarosol solo para arruinarle la vida, y en unos cuantos días había tocado fondo como acompañante de bar.
Amanda se quedó callada, con el rostro serio.
Por su parte, Román estaba pálido del coraje, deseando que se lo tragara la tierra.
Pero Verónica no tardó nada en superar el shock y se frotó las manos. De entre todos, lo señaló a él.
—Román, ¿verdad? Me quedo con él.
Román la fulminó con la mirada y luego clavó sus ojos en Amanda, con una expresión cargada de veneno.
Con esa mirada demostraba que quería hacerla pedazos.
El gerente le sonrió.
—Listo, Román, quédate a atender a estas dos bellezas.
Román lo agarró del brazo y murmuró entre dientes:
—Jefe, ¿me puedo cambiar de mesa?
El gerente cambió su actitud servil y le contestó por lo bajo, con todo el desprecio del mundo:
—¿De qué te quejas? Las chavas están jóvenes y bonitas. ¿A poco prefieres ir a lidiar con mujeres de cincuenta años? Todos tus compañeros matarían por estar aquí, ¿y tú me sales con tus moños?
A Román le hervía la sangre de rabia, y de plano no quiso ceder.
—Pues entonces renuncio.
El gerente abrió los ojos como platos.
—¡Tú...!
Antes de que el hombre pudiera decir otra cosa, Amanda intervino:
Amanda le dio un sorbo a su trago y, de volada, el joven que había escogido le quitó el vaso para servirle más, con una sonrisa zalamera.
—¿Gusta otro poco, señorita?
Qué labia tenía, con razón a las mujeres pudientes les fascinaban los acompañantes de este tipo.
Sin inmutarse, Amanda soltó de forma casual:
—¿Cuánto tiempo lleva ese tal Román trabajando aquí?
El chico lo pensó un momento.
—Pues como cuatro o cinco días. Pero siempre anda con su cara de amargado, no sabe cómo platicar ni echar coto, y se pone de exigente con la clientela. Obviamente no le ha ido nada bien. ¡Qué bueno que se fijó en mí! Si lo hubiera escogido a él, le garantizo que en quince minutos habría pedido cambio.
Verónica soltó una carcajada sarcástica.
—Estando en la lona y poniéndose sus moños. Seguro todavía se cree el príncipe de la familia Zúñiga. Por favor, ¡qué risa me da!
Cuando Verónica terminó de burlarse, Amanda indagó un poco más:
—¿Y tienes idea de por qué terminó metido en esto?
El muchacho vestía una camisa con un cuello en V muy profundo, dejando ver su marcado abdomen. A simple vista parecía un chico delgado y refinado, pero escondía un buen cuerpo; era evidente que la competencia durísima en ese negocio estaba a la orden del día.

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