Viéndolo bien, sí, parecía que ella había empezado el pleito.
Amanda lo pensó un par de segundos y contestó:
—Eso no importa. Lo importante es que me hiciste enojar, y ahora te vas a aguantar.
Le susurró al oído:
—Me enteré de que tu papá quiere asociarse con Empresa Toyar, ahí en Marisola, para usar su última investigación y resolver su problema con la tecnología de piloto automático. ¿Es cierto?
Emilio se quedó paralizado.
Eso era un secreto corporativo, casi nadie lo sabía. ¿Cómo se había enterado ella?
—¿Cómo sabes eso?
Amanda bajó aún más la voz.
—Porque yo soy la inversionista principal en Empresa Toyar, Lucero. ¿Ya te quedó claro?
Emilio no lo podía creer.
—No, no puede ser... ¿cómo va a ser posible?
Tras su exitoso trasplante de córnea, a Amanda le había sobrado algo de dinero y decidió invertir en los proyectos de un par de recién graduados. Los muchachos no la decepcionaron; en cuestión de meses habían hecho avances brutales.
Amanda soltó a Emilio y se paró frente a Román, manteniendo una actitud de victoria asegurada.
—También me contaron que tienes planeado construir un complejo residencial de lujo en la zona del circuito. Qué coincidencia... yo soy muy amiga del dueño de ese terreno, el señor Peña.
Emilio estaba todavía más pasmado.
La tecnología de conducción autónoma urgía para la familia Lucero. Si por su culpa se caía el trato con Toyar, su padre lo iba a colgar. Y el proyecto del circuito residencial... se había comprometido a sacarlo adelante frente a su papá; si se equivocaba, le estaría dejando el camino libre al hijo no reconocido de su padre.
Pensando en eso, a Emilio se le bajaron los humos. Se tragó su coraje y le clavó una mirada fulminante a Amanda.
Entonces ella le preguntó con tono suave:
—Dime una cosa, ¿ya me lo puedo llevar?
Emilio estaba que rechinaba los dientes de la rabia, pero por el bien de sus negocios, no le quedó más remedio que ceder.
Román se enfureció.
—¡Tú! Amanda, sigues siendo igual de mala.
La misma frase de siempre, qué poca creatividad.
Amanda no tenía ganas de seguir peleando con él y retomó su camino, pero Román la alcanzó y le bloqueó el paso.
Román traía una camisa negra y un pantalón entallado blanco. Era guapo; si tuviera facilidad de palabra, seguro le iría muy bien en ese ambiente.
—Amanda, tú tienes un montón de dinero —le dijo Román—. Lo que te sobra alcanza para pagar las cuentas del hospital de mi mamá. ¿Por qué no te tientas el corazón y la ayudas?
Qué chiste. Antes no lo consideraba tan tonto, pero en ese momento se dio cuenta de que era un ingenuo sin remedio.
Amanda no se creía el cuento de que Elena estuviera en la ruina. Aunque no tuviera liquidez, si vendiera todas sus bolsas de diseñador y sus joyas, le alcanzaría para vivir cómodamente el resto de sus días.
Solo a Román se le ocurría arrastrarse de esa manera por una mujer tan egoísta. Esa devoción ciega iba a acabar matándolo algún día.
—Tú lo acabas de decir: es mi dinero. Y como es mío, yo decido en qué lo gasto. Si no le quiero dar nada a Elena, no le doy, y a ti no te importa.

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