Román estaba furioso, pero por más que rabiara, en el fondo estaba enojado consigo mismo.
Si tuviera la misma capacidad de Amanda, no tendría que andar rogándole a nadie ni denigrándose de esa forma.
Se desinfló como un globo. Se recargó en la pared, frustrado, emanando un aura de derrota absoluta.
Bajo la tenue luz del pasillo, miró a Amanda y soltó una sonrisa resignada.
—Amanda... aunque me duela aceptarlo, es la verdad. Eres capaz de todo, y yo no te llego ni a los talones.
Para que una mujer saliera adelante sin depender de un hombre ni del respaldo de una familia adinerada y llegara hasta donde ella estaba... sí, había que tener talento.
Amanda se quedó un poco sorprendida.
Desde que había aparecido Olivia, esa era la primera vez que Román le reconocía algo.
A Amanda le tembló un poco la mirada, pero se guardó sus comentarios.
Tras un breve silencio, dejó escapar un suspiro.
—Ya me voy.
Acostumbrada a los gritos y los insultos, esa repentina paz la hizo sentir incómoda.
Siguió caminando, y entonces escuchó a Román decirle en voz baja a sus espaldas:
—Amanda... gracias.
Amanda se detuvo un instante, pero enseguida continuó su camino.
Cuando regresó a su privado, Verónica y Ginés estaban jugando, y la mitad de las botellas de la mesa ya estaban vacías.
Se sentó. Verónica notó que venía sola y le preguntó con curiosidad:
—¿Por qué vienes sola? ¿Y Samuel?
Samuel era el chico de compañía de hace un rato.
Amanda se recargó cómodamente en el sillón.
—Ya lo corrí.
Verónica soltó un sonidito de comprensión.
—Bueno, ni modo. Aunque siendo sinceras, Samuel ni siquiera estaba tan guapo como Ginés.
Ginés se enderezó y cruzó la pierna.
—¡Ay, por favor! ¿Cómo me vas a comparar con ese tipo? Me ofendes.
Verónica se echó a reír.
—Sí, sí, sí. El joven Mendoza es un hombre de éxito, guapo, de buen cuerpo y de dinero. Eres mi modelo a seguir número uno.

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