Y bueno, era fácil imaginarse con quién lo pasaba.
Elías interrumpió sus recuerdos:
—Mañana salgo de viaje de negocios a Silvania. Ya te tocará hacerme de guía, ¿no crees, Amanda?
Amanda había pensado que, después de mudarse a Silvania, no volvería a cruzar caminos con él. No se imaginó que fuera a tener viajes de trabajo a esa ciudad.
Pero claro, siendo financiero, era normal que anduviera volando por todas partes para estar al tanto de los mercados.
A Amanda le dio pena rechazarlo.
—Claro. Cuando llegues a Silvania, me marcas.
—Entonces trato hecho.
Poco después de colgar, llegó el chofer designado.
En todo el camino de regreso, Amanda se mantuvo perfectamente lúcida, incluso más que en los días en los que no probaba ni una gota de alcohol.
Casi sin darse cuenta, se acordó de Mauro, y de aquella tal «Frida».
De seguro andaba muy contento celebrando San Valentín con ella.
De tanto pensar en ello, arrugó la nariz.
Y luego, dándose cuenta de que estaba dejando que Mauro le arruinara el humor, se molestó consigo misma. De pronto andaba irritada y todo le fastidiaba.
Se fue a dormir.
Cuando despertó, eran las siete de la mañana.
Begoña ya había dejado el desayuno listo sobre la mesa. Había salido tempranito con las vecinas para ir a sus clases en el centro comunitario.
Ver a Begoña con una vida tan activa y siempre sonriendo era algo que le llenaba el corazón a Amanda.
Se sentó a desayunar y, al terminar, recogió todos los platos y lavó los trastes.
Amanda se recogió el cabello, planeando pasarse el día pintando en casa. Apenas había agarrado su pinza cuando entró una videollamada de Verónica.
Contestó.
—¡Amanda, qué horror! ¡Eres tendencia! —le soltó Verónica, angustiada.
Amanda seguía medio dormida.
—¿Qué dices?
—Te mando un enlace, revísalo rápido —insistió Verónica.
—No es tu culpa. Cuando alguien tiene ganas de fastidiarme, siempre va a encontrar la oportunidad por más cuidado que yo tenga. Verónica, voy a tener que salir. Hablamos luego.
—Va, me llamas si necesitas algo.
A cientos de kilómetros de ahí, en Clarosol, Mauro Díaz no le quitaba la vista de encima a las tendencias de Twitter, completamente absorto.
Estaba de un humor de perros, como pocas veces se le había visto.
A su lado, Hugo permanecía callado, casi sin atreverse a respirar.
«Qué bárbara la señorita Solano, ¿de dónde sacó esas mañas de contratar modelos?», pensó Hugo. «Ni que esos tipos le llegaran a los talones al jefe».
Después de un rato, Hugo se animó a hablar con cautela.
—Señor Díaz, a lo mejor todo es un malentendido. Por lo que conozco de la señorita Solano, no me parece del tipo de personas que andaría contratando chavos para pasar el rato.
Sin embargo, ahí estaban las fotos como evidencia irrebatible.
El propio Hugo sabía que estaba diciendo algo poco creíble.
Con la cara ensombrecida, Mauro dejó salir un suspiro pesado.
—¿Y exactamente para qué contrata una mujer a uno de estos tipos?

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