Amanda caminó a paso firme hacia la habitación 502.
Todas las habitaciones de aquel hospital eran suites VIP privadas y muy discretas. Amanda se paró fuera y, a través del cristal de la puerta, vio a Pamela.
Al parecer, le estaba haciendo una revisión al paciente. Inclinada hacia el frente, se había subido la falda a propósito un par de centímetros, dejando a la vista el color de su ropa interior.
Incluso el cuello de su blusa, quién sabe si por accidente o adrede, tenía los primeros botones desabrochados.
Desde el ángulo en el que estaba el paciente, este podía disfrutar perfectamente del paisaje del escote.
El hombre no le quitaba los ojos de encima e incluso estiró la mano para tocarla. Al ver que Pamela no ponía resistencia, se atrevió a más.
Amanda soltó una sonrisa cínica. Seguramente así era como Pamela había logrado que Lucas comiera de su mano. Un intento de seducción tan barato y patético que solo funcionaría con un imbécil que pensara con la entrepierna como él.
Amanda levantó el celular y grabó un video corto. No quiso perder más el tiempo y, al segundo siguiente, abrió la puerta de golpe.
Pamela se llevó tal susto que tiró la jeringa que traía en las manos.
—Amanda, eres tú.
Amanda no frenó el paso. Siguió caminando mientras respondía:
—Así es.
Venía dispuesta a todo, y como Pamela no era ninguna idiota, retrocedió por instinto.
—Amanda, ¿qué... qué quieres hacer?
—¿Qué quiero? Darte una lección, obviamente.
Al llegar frente a Pamela, Amanda no le dio tiempo ni de parpadear. Agarró su bolsa y se la reventó en la cara.
Pamela ni siquiera pudo reaccionar cuando cayó el segundo golpe, y luego el tercero, y el cuarto...
La chica gritaba de dolor, pero Amanda no sentía que fuera suficiente.
Con un gesto implacable, le agarró el cabello y jaló con fuerza, obligándola a levantar la cara que ya empezaba a llenarse de moretones.
—¿Con qué derecho me pegas, Amanda?

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