[Ginés: ¿Conseguir qué?]
[Amanda: Pues a Elías.]
Ginés se puso lívido del coraje.
[Ginés: Me vas a matar de un coraje, ya ni te digo nada. Me desconecto.]
Verónica le insistió un poco más por el grupo y, poco después, el chat por fin se quedó en silencio.
Amanda se dio la vuelta y hundió la cara en la almohada. Pensó en muchas cosas, pensó en David, en Lucas y, al final, de la nada, pensó en Mauro.
Hacía mucho tiempo que no se veían, ¿por qué de repente le venía a la mente ese hombre?
Amanda se sentía inquieta y a ella misma le parecía absurdo sentirse así.
El domingo amaneció despejado y agradable.
Amanda fue a la mejor clínica de reposo de Silvania.
Desde que Nicolás Zúñiga entró a la cárcel y Grupo Zúñiga se fue a la quiebra, Amanda se hacía cargo de todos los gastos de la abuela Daniela Zúñiga.
A la señora le fallaban las piernas y dependía de medicamentos todo el año para mantenerse estable; el gasto diario no era cualquier cosa.
Amanda compró fruta y las flores favoritas de la abuela. Al rodear un edificio completamente blanco en la clínica, vio a Daniela paseando en su silla de ruedas.
La enfermera de cabecera le daba un suave masaje en las piernas. Parecían estar platicando de algo muy alegre.
Amanda la observó desde lejos y luego agitó la mano para saludarla:
—¡Abuela!
Daniela la vio de inmediato, con los ojos iluminados de alegría:
—Amanda, mi pequeña Amanda ya llegó.
Amanda apretó el paso. Daniela no dudó en tomarle las manos:
—¿Qué haces aquí, mi niña? Hace unos días tu mamá vino a verme.
Desde que se fue a Silvania, Amanda le había pedido a Begoña que se diera sus vueltas para checar a la abuela. Y, para su sorpresa, ambas se llevaban de maravilla. En comparación con Elena, era evidente que la abuela prefería mil veces a Begoña.
—Claro que sí, si se les ofrece algo, aquí ando —respondió la enfermera asintiendo.
Amanda empezó a empujar la silla lentamente.
Con el pasto verde y el sol calentando rico, llegaron a la orilla de un riachuelo artificial. Ella se sentó en una banca cercana.
—Abuela, ¿sí te hallas viviendo aquí?
Daniela sonrió con ternura.
—Sí, mi niña, vivo mejor que antes. Gracias, Amanda.
Elena nunca la trató bien. Como a Daniela le costaba moverse, a Elena le daba flojera sacarla a pasear. Ahora, con una enfermera profesional atendiéndola y una rutina bien organizada, Daniela estaba más que a gusto.
—Qué bueno que te guste.
De repente, una voz chillona y penetrante rompió la calma:
—¡Conque esta maldita te tenía escondida aquí! Por fin te encuentro.

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