Amanda volteó y vio a Elena acercándose a paso firme, echando chispas por los ojos.
La mirada de Amanda se congeló. Se puso alerta, dio un paso al frente y se interpuso para proteger a Daniela.
—Aquí no eres bienvenida. Lárgate ahorita mismo —le advirtió con voz helada.
Después de lo que le había costado encontrar a esa vieja inútil, Elena no se iba a ir tan fácil. Soltó una carcajada amarga, mostrando su peor cara.
—¿Que me largue? ¿Y tú quién te crees que eres? ¿Crees que me vas a dar órdenes?
Diciendo esto, Elena levantó la mano para empujarla, pero Amanda se lo vio venir, le agarró la muñeca en el aire y le soltó una advertencia fulminante:
—Elena, más te vale que le bajes a tus humos.
Elena sabía que no podía ganarle a golpes a Amanda, pero tampoco había ido a pelear con ella. Desvió su atención hacia Daniela.
—Tu hijo andaba de rabo verde con otra, hasta un hijo bastardo tuvo, y para colmo escondió el dinero y me dejó en la calle. Señora, es tu propio hijo, no creo que haya sido tan desgraciado de dejarte a ti también sin un peso.
Elena se cruzó de brazos, perdiendo por completo cualquier rastro de clase que le quedara de sus días en la alta sociedad.
—No voy a perder el tiempo: suelta el dinero que te dejó para tu jubilación y te prometo que no vuelvo a pararme por aquí.
«Conque viene a sacar dinero», pensó Amanda.
Daniela miró a Elena con genuina confusión.
—¿Cuál dinero? Yo no sé nada de eso.
Elena abrió los ojos como platos y dio un paso amenazante hacia el frente.
—¡No te hagas la loca! Por muy basura que sea Nicolás, no iba a dejar desamparada a su propia madre. Ya entendí, no me lo quieres dar, ¿verdad? Maldita vieja, ¿para qué quieres tanto dinero si no es para tus nietos? ¿Te lo vas a llevar a la tumba?
»Tu hijo es un desalmado, ¿y tú también te vas a lavar las manos? Ahorita no tengo ni en qué caerme muerta, ¿con qué crees que voy a sobornar a la gente para que no les hagan nada adentro? ¿O quieres que a tu hijo y a tu nieta me los traigan de bajada en la cárcel? ¡Y tu nieto! ¡Por andar sacando para tragar, ya se metió de acompañante a un antro! Y mírate a ti, dándote la gran vida en una clínica que cuesta miles de pesos al mes. ¡Nos estás matando de hambre!

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