Se abalanzó contra ella, pero Amanda la frenó en seco con una patada en el pecho.
Elena cayó al piso de sentón. La miraba con unos ojos llenos de tanto odio que parecía querer fulminarla.
Amanda la observó con frialdad y habló con un tono implacable:
—Fuiste una señora de sociedad por años. Con vender un par de bolsos o unas cuantas joyas de marca te alcanzaría para vivir tranquila el resto de tu vida. ¿Y qué haces? Por puro egoísmo te aprovechas de la nobleza de Román y lo usas de cajero automático. Elena, aunque Román no sea tu hijo de sangre, te ha dicho mamá por treinta años. ¿Cómo tienes corazón para hacerle esto?
Elena se quedó pasmada, y el pánico la invadió.
—¿C-cómo lo sabes?
Luego, volteó bruscamente hacia Daniela, con el rostro torcido por la ira.
—¡Tú le dijiste a esta cualquiera, ¿verdad?! ¡Maldita vieja, nomás quieres verme destruida!
Elena tenía miedo. Si Román se enteraba de la verdad, ya no le haría caso en todo. Y entonces, ¿quién la iba a mantener?
Se levantó del piso a tropezones, viéndose patética.
—¿Por qué me hacen esto? ¿Por qué? ¿Qué mal les he hecho para que me traten así?
De golpe, apuntó a Amanda con el dedo, con los ojos desorbitados y gritando como desquiciada:
—¡Esta porquería de mujer mandó a tu hijo a la cárcel! ¡Dejó ciega a tu verdadera nieta y también la metió al bote! ¡Por su culpa corrieron a Román de su trabajo! ¡Si Román se echó a perder fue por ella! ¿Y todavía la tratas como si fuera una santa? ¡¿Estás ciega, anciana estúpida?!
Daniela estaba perfectamente al tanto de todo lo que había pasado en Silvania.
Pero jamás había culpado a Amanda.
—Amanda no hizo nada malo —respondió Daniela con firmeza—. Los que siempre han actuado mal son ustedes.
Elena se volvió loca.


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