Una sonrisa de desdén se dibujó en los labios de Amanda.
Al ver que ella ni se inmutaba, Ginés dejó de preocuparse tanto.
—Desde que Lucas despertó hace unos días, le echó el ojo a la enfermera que lo cuidaba. Aunque no entiendo, Lucas está a punto de la quiebra, ¿de dónde saca esa mujer tanta arrogancia?
Amanda bebió su té con elegancia. El aroma de las flores se mezclaba con un suave toque frutal mientras sus labios se movían ligeramente.
—Un rico arruinado sigue teniendo más que un pobre soñador. Para la gente común, incluso en bancarrota, Lucas está en un nivel inalcanzable para toda su vida.
Después de haber estado casada con él, Amanda conocía sus secretos. Aunque los negocios legales del Grupo Salinas iban en picada, los negocios turbios eran su verdadero sustento.
Tres años atrás, Lucas y Olivia conspiraron para destruirla. Ahora que había recuperado la vista y tenía fama y dinero, era hora de ajustar cuentas.
Primero, Amanda tenía que encontrar el libro de contabilidad que él mencionó alguna vez. En cuanto reuniera más pruebas, sumadas a lo que le hicieron hace tres años, se encargaría de que Lucas pasara el resto de su vida pudriéndose en la cárcel.
Ginés resopló.
—Es como buscar joyas en el basurero, no vas a encontrar nada bueno.
La sonrisa de Amanda llevaba un toque de sarcasmo.
—¿Y qué? A veces la basura de unos es el tesoro de otros. Supongo que es para darle un nuevo uso a la basura. Por cierto, pásame el contacto de la pintora fantasma de Olivia, mañana iré a verla.
—Esa mujer es un hueso duro de roer, no suelta prenda. Te va a costar trabajo.
Afuera, una mujer, al ver que el gerente no le daba una respuesta clara, decidió armar un escándalo y empujó la puerta de uno de los privados al azar.
Esa puerta era precisamente la del privado donde estaba Amanda.
Ginés se quedó pasmado, mirando a la intrusa con los ojos bien abiertos y el ceño fruncido.
—Gerente, ¿qué significa esto?
El gerente, tomado por sorpresa, pensó que la mujer solo estaba amenazando, no que se atrevería a entrar. Se apresuró a disculparse.
—Joven, señorita, qué pena, de verdad. Lamento mucho la interrupción, esta cuenta va con descuento de la casa.
Al escuchar el alboroto, Amanda, que estaba de espaldas, se giró lentamente. Al ver la cara de la mujer, se quedó helada.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ciega por tu Mentira