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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 48

No sabía por qué, pero Amanda creyó ver un atisbo de ternura en aquel rostro gélido. Al mirar de nuevo, se dio cuenta de que todo había sido una ilusión.

Un taxi se detuvo frente a Amanda y ella subió a toda prisa.

Al cerrar la puerta, miró instintivamente por la ventanilla hacia donde estaba Mauro.

Alto y corpulento, con un aire de nobleza innata.

Viéndolo así, no encajaba para nada con la escena sangrienta del privado.

Además, Amanda tenía la vaga sensación de que su voz le resultaba familiar, como si la hubiera escuchado en algún lugar.

Después de darle vueltas, pensó que era imposible.

¿Cómo iba ella a haber tenido contacto con alguien tan peligroso?

Después de que Amanda se fue, Mauro se dirigió a la estación de policía.

Viendo que Manuel se llevaba al detenido, Hugo no pudo aguantarse y preguntó:

—Señor, ¿por qué no llevó a la señorita Zúñiga directo a su casa? Hubiera sido una buena oportunidad para convivir.

La mirada fría de Mauro se reflejó en el retrovisor, y Hugo cerró la boca al instante.

De repente, Mauro soltó de la nada:

—Esta noche la asusté. Me tiene miedo.

El cerebro de Hugo hizo corto circuito.

El siempre serio señor Díaz, ¿estaba afligido?

¿Por qué sonaba un poco como si estuviera haciendo un berrinche?

Hugo dijo:

—Usted lo hizo por la señorita Zúñiga. Ese falsificador copiaba y vendía las obras de ella para lucrar, merecía una lección.

Mauro guardó silencio, limitándose a acariciar el hilo rojo en su muñeca.

—Oye niño, no tengas miedo. Mientras no hables, los malos no te encontrarán.

—No te preocupes, yo te voy a proteger.

—Me tengo que ir. Me llamo Amanda Zúñiga, recuérdame, ¿eh?

...

Ella se fue, dejando atrás solo aquel hilo rojo que se le cayó sin querer.

El recuerdo volvió a la realidad. Mauro miró el toque rojo en su muñeca: Amanda, yo siempre te he recordado, ¿tú todavía te acuerdas de mí?

Hugo recordó algo de pronto.

La asistente le entregó las llaves del auto a Amanda.

—El jefe me pidió que le trajera el coche.

La familia Mendoza era una de las más ricas de Silvania. Aunque el hermano de Ginés manejaba el negocio familiar, Ginés tenía sus acciones y su propio despacho de abogados. Le iba tan bien que, con un solo caso, ganaba millones en honorarios.

Ginés era un magnate hecho y derecho. Para él, cambiar de coche era tan fácil como para la gente normal cambiarse de ropa; tenía más coches de lujo en su garaje que una juguetería modelos a escala.

—Gracias.

La asistente se acomodó los lentes y sonrió con elegancia.

—Y aquí está el taser, tal como lo pidió. Aunque, ¿para qué quiere un taser, si se puede saber?

Amanda tomó el aparato; tenía el tamaño perfecto para llevarlo en el bolso.

—Por seguridad, con tanto loco suelto, mujer precavida vale por dos.

Anoche se topó con el "negocito" de ese hombre. ¿Qué tal si él se arrepentía y decidía buscarle problemas?

Más valía prevenir.

Intercambiaron un par de frases más y la asistente se marchó.

Amanda condujo hacia su destino.

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