No sabía por qué, pero Amanda creyó ver un atisbo de ternura en aquel rostro gélido. Al mirar de nuevo, se dio cuenta de que todo había sido una ilusión.
Un taxi se detuvo frente a Amanda y ella subió a toda prisa.
Al cerrar la puerta, miró instintivamente por la ventanilla hacia donde estaba Mauro.
Alto y corpulento, con un aire de nobleza innata.
Viéndolo así, no encajaba para nada con la escena sangrienta del privado.
Además, Amanda tenía la vaga sensación de que su voz le resultaba familiar, como si la hubiera escuchado en algún lugar.
Después de darle vueltas, pensó que era imposible.
¿Cómo iba ella a haber tenido contacto con alguien tan peligroso?
Después de que Amanda se fue, Mauro se dirigió a la estación de policía.
Viendo que Manuel se llevaba al detenido, Hugo no pudo aguantarse y preguntó:
—Señor, ¿por qué no llevó a la señorita Zúñiga directo a su casa? Hubiera sido una buena oportunidad para convivir.
La mirada fría de Mauro se reflejó en el retrovisor, y Hugo cerró la boca al instante.
De repente, Mauro soltó de la nada:
—Esta noche la asusté. Me tiene miedo.
El cerebro de Hugo hizo corto circuito.
El siempre serio señor Díaz, ¿estaba afligido?
¿Por qué sonaba un poco como si estuviera haciendo un berrinche?
Hugo dijo:
—Usted lo hizo por la señorita Zúñiga. Ese falsificador copiaba y vendía las obras de ella para lucrar, merecía una lección.
Mauro guardó silencio, limitándose a acariciar el hilo rojo en su muñeca.
—Oye niño, no tengas miedo. Mientras no hables, los malos no te encontrarán.
—No te preocupes, yo te voy a proteger.
—Me tengo que ir. Me llamo Amanda Zúñiga, recuérdame, ¿eh?
...
Ella se fue, dejando atrás solo aquel hilo rojo que se le cayó sin querer.
El recuerdo volvió a la realidad. Mauro miró el toque rojo en su muñeca: Amanda, yo siempre te he recordado, ¿tú todavía te acuerdas de mí?
Hugo recordó algo de pronto.

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