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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 47

Amanda se puso en guardia por instinto y forcejeó, preguntando con frialdad:

—¿Qué estás haciendo?

Mauro se inclinó. Sus labios, con un toque de frialdad, parecían a punto de posarse sobre los de ella, pero pasaron de largo y rozaron su oído, susurrando:

—...pero mide tus fuerzas.

El corazón de Amanda dio un vuelco.

¿Mide tus fuerzas?

¿Qué quería decir? ¿Acaso él sabía algo?

De repente, una emoción extraña surgió en el fondo de su corazón hacia ese desconocido que acababa de conocer.

Mauro se apartó y se irguió. Al encontrarse con la mirada curiosa e inquisitiva de ella, bajó la vista.

—Vámonos.

Ese momento de ambigüedad llegó de golpe como una inundación y desapareció igual de rápido, sin dejar rastro.

Al ver a Mauro darse la vuelta con indiferencia, parecía que aquel instante íntimo había sido solo una ilusión.

Amanda apretó los labios y lo siguió.

En la planta baja del restaurante.

Un empleado le dijo a Lucas que las cámaras de seguridad del restaurante se habían averiado esa tarde y que el técnico no iría hasta el día siguiente. Así que seguían sin saber quién era la persona que había escuchado a escondidas en la esquina.

El hombre, al ver la mala cara de Lucas, trató de consolarlo.

—Señor Salinas, quizá solo fue un cliente que pasaba. Aunque haya escuchado, no entendería nuestra conversación. No se preocupe demasiado.

En otro momento, a Lucas tal vez no le habría importado tanto. Pero tras estar en coma tres meses y perder el libro de contabilidad, tenía que ser cauteloso.

Con las manos en los bolsillos, Lucas soltó un "sigan buscando el libro" y salió del restaurante.

Apenas salió, alguien corrió hacia él.

La mujer se colgó de su brazo y dijo con tono meloso:

—Señor Salinas, por fin lo veo. No sabe cómo me trató el gerente del restaurante. No me dejaron entrar y me echaron. Solo quería verlo, pero me humillaron así.

Lucas, que ya estaba de mal humor, se sacudió a la mujer con fastidio.

—No me molestes.

Pamela Corrales tropezó un par de pasos, casi cayéndose, pero volvió a acercarse.

Estuvo a punto de contarle sobre la mujer que vio antes, la que se parecía tanto a su ex esposa, pero se tragó las palabras.

Su sexto sentido de mujer le decía que esa desconocida sería su mayor amenaza.

Pero fue solo esa vez. Lucas nunca más la volvió a tocar, ni la buscó por iniciativa propia.

Pamela no se conformaba; su objetivo no era ser su amante, sino convertirse en la señora Salinas.

Quienquiera que fuera la mujer de hoy, no podía permitir que se interpusiera en su camino.

Por otro lado, Mauro acompañó a Amanda hasta la salida. La noche estaba oscura y ventosa, pero la vida nocturna de Silvania siempre era vibrante.

Amanda quería deshacerse de Mauro cuanto antes, pero él se quedó parado a su lado en la acera, sin intención de irse.

Estar con un tipo tan peligroso le generaba mucha presión.

—Puedo esperar el taxi sola, no se moleste, señor.

—Mauro Díaz.

—¿Mande?

Mauro la miró con una profundidad insondable.

—Mauro. Es mi nombre.

La brisa le acariciaba el rostro. Amanda sintió que la mirada de él la absorbía. Tardó un momento en reaccionar.

—Entendido, señor Díaz.

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