Por puro instinto de supervivencia, las alertas de Amanda se dispararon. Sosteniendo la mirada de Mauro, decidió tomar la iniciativa antes de que él pudiera reaccionar.
—El señor Díaz es muy amable, en efecto. Solo es una cena familiar sencilla, no es ninguna interrupción.
El ceño fruncido de Mauro se relajó poco a poco y una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Tomándole la palabra, jaló una silla con naturalidad.
—Siendo así, no les importará que me una a ustedes.
Amanda y Víctor se miraron el uno al otro, perplejos. Jimena sonrió con cierta incomodidad.
—No nos importa, claro, solo temo que el señor Díaz se sienta fuera de lugar.
Mauro, actuando como si fuera de la familia, se acomodó en la silla con su porte distinguido, eligiendo precisamente el lugar vacío junto a Amanda.
Por el rabillo del ojo, Amanda podía ver claramente el perfil de Mauro. ¿Qué demonios pretendía este hombre?
No era alguien que necesitara gorronear comida, y tampoco parecía el tipo que viene a adular a Jimena.
Después de su primer encuentro, Amanda había investigado a Mauro por curiosidad. En realidad, no había mucha información útil, solo que era un inversionista misterioso que últimamente frecuentaba mucho Silvania. Tan solo en los últimos tres meses, sus inversiones en proyectos grandes y pequeños en la región sumaban más de mil millones de pesos.
Muchos empresarios de Silvania morían por verlo, esperando conseguir su inversión para impulsar sus negocios.
Vagamente, Amanda recordó algo.
Mauro parecía haber tenido contacto reciente con el Grupo Triunfo, la empresa fundada por Lucas.
La curiosidad de Amanda por Mauro aumentó, y sus hermosos ojos se dirigieron instintivamente hacia él.
Escuchó a Mauro decir con tono despreocupado:
—Soy muy adaptable, señora Morales, no se preocupe. Además, comer solo es bastante aburrido. Estando aquí puedo aprovechar para platicar con usted sobre algunos proyectos de inversión.
Llegado a ese punto, Jimena no podía rechazarlo.
Solo que el ambiente se volvió un poco extraño.


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