Bajo su apariencia estoica, se podía notar un destello de indulgencia en sus ojos. Mauro aceleró el paso.
—Señorita Solano.
Alguien se acercó a su lado; era Mauro.
Si él la había seguido, ¿significaba que su propósito al entrar al privado también había sido ella?
Amanda no quería pensar mal de la gente, pero las acciones de este hombre no parecían las de un buen samaritano.
Amanda lanzó una mirada afilada.
—¿Me investigó?
Mauro respondió con voz grave:
—La señora Morales me dijo su nombre.
¿Quería decirle que no la había investigado?
Amanda no era una niña de tres años para creerse esa mentira. Seguramente Mauro ya tenía su número de celular y sabía en qué hotel se hospedaba.
Amanda tuvo que dejar clara su postura.
—Señor Díaz, lo que dije la última vez sigue vigente. Así que no tiene que aparecer de la nada para advertirme.
Mauro simplemente dijo:
—Ya veo.
¿Eso fue todo?
¿Nada más?
Esa actitud desconcertó a Amanda.
De todas formas, mantener distancia con este sujeto peligroso era lo mejor.
Amanda apartó su mirada curiosa y siguió caminando descalza con los tacones en la mano. Pero apenas dio un paso, antes de que su pie tocara el suelo, sintió que su cuerpo se elevaba. Mauro la había cargado en brazos repentinamente.
Fue tan inesperado que Amanda no tuvo tiempo de reaccionar.
—Mauro, ¿qué haces? Bájame.
Mauro caminaba con paso firme hacia el estacionamiento.
—Mi coche se descompuso, necesito que la señorita Solano me dé un aventón. La cargo hasta el auto como agradecimiento, ya sabe que no me gusta deber favores a nadie.


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