Eran excavadoras y bulldozers, unas cinco o seis máquinas llegando una tras otra. Amanda las miró con asombro, y no fue hasta que el brazo de una excavadora golpeó la estructura que se dio cuenta de lo que pasaba.
Miró rápidamente a Mauro, que estaba detrás de ella.
El hombre, de figura imponente, estaba de pie con las manos en los bolsillos, con una expresión tranquila y sin rastro de emoción. Amanda nunca había conocido a un hombre tan difícil de descifrar como él.
Amanda preguntó:
—¿Tienes algún problema con Lucas?
Mauro seguía sin mostrar mucha emoción, sus ojos oscuros fijos en el lugar que pronto se convertiría en escombros.
—Podría decirse.
Amanda no lograba entenderlo, así que inclinó la cabeza e insistió:
—¿Sí o no? Una respuesta ambigua no me dice nada.
De pronto, Mauro la miró. No supo por qué, pero Amanda creyó ver un destello de intensidad en sus pupilas.
Escuchó su respuesta:
—Lucas lastimó a una persona muy importante para mí. Visto así, sí, es mi enemigo.
Amanda retiró la mirada, nerviosa, procesando las palabras de Mauro.
Nunca lo había visto antes, así que la persona a la que Mauro se refería no podía ser ella. Pero el enemigo de mi enemigo es mi amigo; en cierto sentido, ella y Mauro tenían un objetivo común.
Quizás algún día podrían colaborar, pensó Amanda mientras miraba al suelo.
Entonces, Mauro soltó de la nada:
—La señorita Solano está maquinando algo, se le nota en la mirada.
Amanda levantó la vista, desconcertada.
—¿Eh? Nada. Señor Díaz, presentémonos formalmente: me llamo Amanda, soy pintora.
Mauro contuvo una sonrisa.
—Mmm, lo sé.


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