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CONQUISTANDO A MI EXESPOSA SECRETA romance Capítulo 93

C93- TODO EL HELADO DEL MUNDO.

El hospital estaba tranquilo a esa hora de la mañana, Kate y Grayson caminaban por el pasillo principal tomados de la mano, como si eso les diera el valor que necesitaban. Iban en silencio, pero se comunicaban con las miradas, con el apretón de sus dedos entrelazados, con esa complicidad que solo se logra cuando dos personas deciden, de verdad, estar juntas.

Por dentro, ambos estaban nerviosos.

Era un día importante, la cirugía de Oliver se realizaría en unas horas, y aunque confiaban en el equipo médico, el miedo no les abandonaba del todo.

—Va a salir bien —murmuró Grayson, alzando su mano entrelazada para darle un suave beso en los nudillos—. Es fuerte... como su madre.

Kate lo miró, y su sonrisa fue tímida pero sincera. Grayson le devolvió la sonrisa, con una ternura que le apretó el pecho.

—Ajá... —se oyó una voz detrás de ellos, cargada de sarcasmo—. Al parecer el “descanso absoluto” del que hablaba el médico se interpretó con mucha libertad.

Ambos se giraron al mismo tiempo y Aisling estaba frente a ellos con una ceja alzada y una sonrisa burlona pintada en el rostro.

—Yo sí descansé —logró decir al fin Kate, forzando una expresión inocente.

—Claro —Aisling asintió lentamente—. Excepto por ese pequeño detalle —señaló con el dedo el cuello de su amiga—. Justo ahí.

Kate frunció el ceño, confundida, y se llevó la mano al cuello de inmediato; al tocarlo, confirmó lo evidente.

—¡Dios! —soltó, llevándose ambas manos a la cara—. A veces olvido que no conoces la prudencia.

Aisling se encogió de hombros, divertida.

—No soy yo la que va por ahí con marcas de guerra visibles, cariño.

Grayson se rió por lo bajo, mordiéndose el labio para no soltar una carcajada completa, y Kate le lanzó una mirada entre asesina y avergonzada.

—Vamos —dijo Aisling sin dejar de sonreír—. Oliver preguntó por ustedes en cuanto abrió los ojos.

Kate y Grayson se miraron, cómplices y la siguieron por el pasillo, más relajados, más juntos.

Mas tarde, el mbiente en la sala de procedimientos era distinto de cualquier otro lugar del hospital. Todo era blanco, silencioso y cuidadosamente preparado. Había médicos y enfermeros moviéndose con precisión, ajustando monitores, revisando registros, pero para Grayson, todo eso pasaba en segundo plano.

Lo único que podía ver era a su hijo, pequeño y valiente, sentado en la camilla con una bata hospitalaria demasiado grande para su cuerpo delgado. Tenía una vía en el brazo, pero su mirada no mostraba miedo. Solo curiosidad y una extraña paz que a Grayson le partía el alma.

—¿Duele? —preguntó Oliver, mirando la aguja con atención.

Grayson se sentó a su lado y le despeinó suavemente el cabello.

—Un poco, sí… pero eres más valiente que yo, ¿recuerdas? —le sonrió—. Además, no te van a pinchar a ti hoy, campeón. Me toca a mí.

Oliver frunció el ceño y miró hacia las máquinas.

—¿Y eso va a curarme?

Grayson tragó con dificultad, pero hizo lo posible por sonar firme.

—Señor Maxwell, ya estamos listos para comenzar la recolección. Oliver puede quedarse con usted hasta que lo llevemos al quirófano, solo tomará unos minutos más.

Grayson asintió y acarició los cabellos de su hijo. Después se acostó en la camilla contigua, donde ya estaban preparados los tubos y la máquina que extraería las células madre de su médula. La aguja, la presión en la cadera, la incomodidad de estar acostado y conectado a la máquina… todo se volvió ruido de fondo en el momento en que escuchó esa palabra salir de la boca de Oliver.

—Papá…

No fue fuerte. Fue un susurro apenas audible en medio del murmullo de monitores, pero para Grayson fue como si el tiempo se detuviera. Su respiración se cortó, y lo miró, incrédulo, sin estar seguro de haberlo oído bien.

Pero Oliver, con aquellos ojos grandes, redondos, clavados en los suyos, repitió.

—¿Cuando salgamos de aquí, ¿me llevas a comer helado?

El mundo se desmoronó y se reconstruyó al mismo tiempo, y Grayson parpadeó, como si necesitara un segundo más para procesarlo. Sintió un calor punzante treparle por el pecho, como si un torrente contenido durante años hubiera estallado de golpe.

Lo llamó papá por primera vez.

No "Graysón", no “señor”...

Papá.

Tragó con fuerza, pero se obligó a no llorar.

—Claro que sí, hijo. Todo el helado del mundo.

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