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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 1000

Al pensar en eso, a Tatiana le pareció tan absurdo que no pudo evitar soltar una ligera carcajada.

¿Un niño sintiendo lástima por otro niño?

Si ese niño llegara a saber que el bebé que llevo en el vientre no es de su papá, ¿cómo reaccionaría?

Al imaginarse la cara de Lisandro, lleno de culpa, a Tatiana se le ocurrió un plan.

¡Definitivamente iba a aprovecharse de Lisandro!

...

Mientras tanto, Lisandro regresó a su habitación y por fin pudo respirar en paz.

Se recargó contra la puerta, notando que la espalda se le había empapado de sudor.

En el fondo, al enfrentarse a Tatiana, el miedo lo había hecho sudar frío desde hacía rato.

Aún tenía el paquete de pan en la mano y trataba de recuperar el aliento a bocanadas.

Siempre había tenido la sospecha de que Tatiana no veía con buenos ojos a Joana, pero ahora lo había escuchado directamente.

Con esa actitud de Tatiana, ¿acaso mamá podría estar en peligro?

Lisandro empezó a preocuparse. Hace un momento, la mirada de Tatiana le había dado miedo. ¿Y si le hacía algo malo a mamá?

Apretó los labios, sintiendo cómo las ideas comenzaban a girar con rapidez en su cabeza.

Tenía que encontrar la manera de contarle esto a mamá, sí o sí.

Pero en ese momento, no podía hacer nada que hiciera sospechar a Tatiana.

Eso lo tenía atorado, sin saber qué hacer.

...

Dafne Rivas, que no podía dormir, se acercó a buscar a Lisandro. En cuanto abrió la puerta, se lo topó sentado en la cama, con el pan a un lado, dándose golpecitos en el pecho y luciendo completamente frustrado.

—Hermano, ¿qué estás haciendo? —preguntó Dafne sin entender nada.

Ahí estaba, en pijama, sentado en la cama y apretando un paquete de pan como si fuera un tesoro. A Dafne ya hasta le preocupaba si su hermano había perdido la cabeza.

Lisandro pegó un salto al escuchar la voz de Dafne. Cuando se dio cuenta, le hizo una seña para que se acercara.

—Dafne, ven, acércate —le murmuró, cuidando que nadie más pudiera oírlo.

Hablaba tan bajito que era imposible adivinar su estado de ánimo.

Incluso cuando salían a la calle, siempre había un chofer siguiéndolos y vigilando cada paso.

Esa gente estaba encima de ellos como si fueran su sombra, sin darles un solo respiro.

Solo de pensarlo, a Dafne le daban ganas de gritar.

Lisandro también se dio cuenta de eso.

Suspiró, resignado.

—Por eso estoy tan preocupado. Tener a alguien observándonos todo el tiempo me está volviendo loco.

Dafne se sentó a su lado en la cama y, sin pensarlo mucho, empezó a comer pan.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó, masticando.

Justo cuando ambos estaban sumidos en la preocupación, a Dafne se le prendió el foco. Dejó el pan a un lado y miró a Lisandro con los ojos brillando de emoción.

—¡Hermano, ya sé! ¿Y si usamos la idea que tuviste la vez pasada?

—¿Cuál idea? —Lisandro no entendía nada, así que solo la miró, esperando que le explicara.

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